Dejo aquí constancia de mi agradecimiento a quienes lo han hecho posible y... un capítulo, por si alguien se anima y quiere leer más.

DON´T CARRY THE WORLD UPON YOUR SHOULDERS

DON´T CARRY THE WORLD UPON YOUR SHOULDERS
(El doctor Bradley)
Son más de las siete de la tarde y, por fin, después
de casi doce horas, he podido derrumbarme en el sofá y poner las piernas sobre
la mesa. Estoy literalmente agotado, me duele todo el cuerpo, y el cerebro,
como si estuviera esperando este momento para ponerse en off, se me ha vaciado de repente. Tanto que tengo la impresión de
que a duras penas consigue mantener mis funciones vitales.
Detrás de mí ha entrado Perkins, el nuevo
residente, y ha hecho exactamente lo mismo: dejarse caer en un sillón como un fardo
de algodón prensado. Pero a él aún le queda algo de energía en la reserva
porque, cinco segundos después, el tiempo que ha tardado en estirarse y
respirar profundamente, se ha incorporado en el asiento y me ha preguntado:
—¿Quiere un café, doctor Bradley?
He dicho que sí con la cabeza,
he hecho un gesto de agradecimiento y he cerrado los ojos. Cuando los he
abierto, Perkins me estaba dando golpecitos en el hombro y me he dado cuenta de
que me había quedado dormido.
—Un mal día, ¿verdad? —dice. Y
me pone la taza de café en la mano—¿Son todos así?
Calculo que Brian ha hecho el café nada más
llegar, a las ocho de la mañana. En ese aspecto Brian y yo somos muy parecidos:
no podemos ponernos en marcha si antes no les hemos dado a nuestras neuronas
una dosis de su droga favorita, cafeína, administrada en cantidad suficiente
para que empiecen a coordinar nuestros movimientos y activen las áreas
cerebrales que rigen la comprensión verbal. Sin dos tazas de café, tanto ella
como yo no somos sino dos bultos de carne vestidos de verde, con un fonendo
colgado al cuello, incapaces de pronunciar una palabra y, menos aún, de
entender cualquier cosa que se nos diga.
Doy un sorbo y compruebo que, después de doce
horas de recalentamiento, el café se ha convertido en un bebedizo repugnante.
Ah, Brian, la enfermera Brian... qué buena está y qué poco caso me hace.
—No todos —le contesto a Perkins. Pero antes de que se haga
ilusiones añado: —los hay peores. No lo digo por animar.
La cuestión es que cuando llegué al hospital la jornada
se prometía tranquila. Había nueve boxes libres y los ocho ocupados estaban
bajo control: una apendicitis a punto de pasar a Cirugía, un cólico nefrítico,
una fibrilación auricular... cosas sencillas. Pero las jornadas que se prometen
tranquilas son muy traicioneras. De hecho, a veces cruzamos apuestas sobre la
hora a la que las cosas empezarán a complicarse. Hoy ha sido antes de lo
habitual, a las nueve y media. Accidente en el puente de Charleston, dos coches
y una furgoneta: un muerto, cinco heridos graves, dos heridos leves... más las
urgencias habituales... más el señor Brown...
Brian abre la puerta, asoma discretamente la
cabeza y me busca con la mirada.
—Bradley
—empieza a decir—…, la señora Ferguson —Pero se detiene al ver mi cara
de desconcierto: no me acuerdo de quién es la señora Ferguson—... la paciente
de la reacción alérgica —Ah, sí, ya sé quién es—... dice que tenemos que darle
algo más fuerte, que mañana tiene una subasta benéfica, que no puede faltar
porque va a estar el Senador O´Malley y que ella, desde luego —Ahora Brian
imita el acento del Oeste y la voz aguda de la señora Ferguson—, no puede ir a
la subasta con la cara llena de manchas.
Reacción a la amoxicilina. La cara hinchada y
enrojecida, habones y picores por todo el cuerpo. La señora Ferguson notó un
poco de irritación en la garganta por la mañana y empezó a tomar amoxicilina
sin consultar con nadie. La ha tomado toda la vida, claro, es lo que le receta
su médico cuando tiene faringitis. Mala suerte.
—El Senador O´Malley —musita Perkins sin
disimular un cierto asombro—... ¿Qué hace en un hospital público una señora que
se trata con el Senador O´Malley?
Brian despliega su mejor sonrisa para el residente.
—Su médico está de vacaciones y nosotros le
quedamos muy cerca —explica con su voz más dulce, sin que apenas se le note la
ironía.
Si no fuera porque no tengo fuerzas para moverme
me levantaría y la besaría. A veces esta enfermera descarada de ojos de gato y
energía inagotable es lo único que me ayuda a soportar esta locura. A veces
pienso que, si no fuera por ella, me habría rendido hace tiempo.
—Ahora voy —le digo—, déjame terminar el café.
—Después
de tantas horas debe de estar asqueroso —dice con seria convicción. Y vuelve a
sonreír.
Esa sonrisa es solo para mí, lo sé. No sabe
cuánto se la agradezco y cómo deseo, en el fondo de mi alma, que no sea solo el
caritativo consuelo para el compañero fatigado. A pesar de los años que
llevamos trabajando juntos, sigo sin saber de dónde saca humor para sonreír
después de un día como el que hemos tenido. Debe de ser por eso que la adoro.
Debe de ser por eso que, ahora que se ha divorciado, me permito reconocer lo
que siento por ella y tener alguna esperanza.
—Lo está —sonrío yo también.
Doy otro sorbo y cierro los ojos de nuevo. Sólo un minuto,
no más, no quiero quedarme dormido otra vez. Para evitarlo hago un repaso
mental de la sala que, a pesar de todo, ha quedado despejada: cuatro de los
heridos graves del puente están en la
UVI , el quinto aún no ha salido del quirófano, los otros dos
han ingresado en Traumatología; la mayor parte de las urgencias se han resuelto
en menos de tres horas —incluido el señor Brown— de acuerdo con los objetivos
del hospital. Pobre señor Brown. No pasará mucho tiempo sin que necesite
oxígeno permanente. De pronto, me imagino a la señora Ferguson acudiendo a la
subasta benéfica y saludando al Senador O´Malley arrastrando el carrito de su
botella de oxígeno portátil, con la cánula insertada en las fosas nasales,
asegurada detrás de las orejas y ajustada bajo la barbilla como una corbata. Realmente,
no sabe la suerte que tiene por padecer solo una reacción alérgica. Supongo que
el señor Brown cambiaría gustosamente su EPOC por el exantema de la señora
Ferguson.
Es en días como hoy cuando me pregunto si no cometí un error
al dedicarme a esto, con lo cómodo que es trabajar en una oficina bancaria o en
un despacho de abogados. De lunes a viernes, de nueve a cinco, y todo el fin de
semana libre para disfrutar un poco de la vida: dormir hasta las tantas, ir al
cine con los hijos, jugar al golf... Tal vez hacer una excursión o un pequeño
viaje. Nada de trabajar en domingo, ni de noche, ni en Navidad ni en el Día de
Acción de Gracias. Y, sobre todo, nada de llevarse a casa el trabajo metido en
la cabeza. Porque no es lo mismo un de cheque sin fondos o una demanda por
acoso psicológico que una muchacha de quince años en muerte cerebral por
sobredosis. No es lo mismo. En días como hoy, en los que no vemos más que
dolor, desesperación y vidas rotas, me pregunto cuánto tiempo más podré
resistir con tanto peso a mis espaldas. Porque, si bien es cierto que con el
tiempo aprendes a mantener la cabeza fría, a no hacer tuyo todo el sufrimiento
que ves, también lo es que todo eso acaba haciendo mella, como la lenta gota
que, al cabo de los años, consigue formar una estalactita, y de pronto, un día,
ante el cadáver de un niño atropellado o el de un joven muerto en una pelea
callejera, te parece que llevas toda la vida soportando tú solo todo el dolor
del mundo. Y es demasiado peso.
Miro al joven Perkins que casi ha terminado su café y,
asombrosamente, no presenta síntomas de perforación gástrica. Noto que me estoy
haciendo viejo porque cada día me sorprende más la resistencia de la gente
joven.
—¿Por qué ha escogido esta profesión, Perkins? —pregunto a
bocajarro.
El residente me mira y medita unos segundos. Me parece bien,
pensar antes de hablar es una actitud prudente. Siempre hay que sopesar la
respuesta que se le da al Jefe de la Guardia.
—Bueno, doctor Bradley —empieza cautamente, como si nunca
hubiera pensado en ello y estuviera improvisando—... supongo que decidí ser
médico porque al final... al final —Parecería que no sabe qué contestar pero yo
sé que lo hará—… al final siempre compensa.
Premio para el
muchacho. Llegará lejos. Ha dicho justo lo que yo quería oír. Ha dicho precisamente
lo que contesta a mi pregunta. No a la pregunta que le acabo de hacer a él sino
a la que me hago a mí mismo en días como hoy: que al final siempre compensa. Al
final siempre hay un señor Brown y una señora Brown que te miran agradecidos
porque has aliviado su dolor o su preocupación. Al final, a veces, has
conseguido solucionar, curar, consolar, sanar. Al final puedes irte a la cama,
sea cual sea la hora a la que lo hagas, pensando que has ayudado un poco a
alguien; que, a pesar de que eres un miserable peón en este juego miserable,
has podido hacer algo por mejorar el mundo.
Y, con un poco de
suerte, al final... hasta logras que la enfermera Brian pierda la cabeza y te
bese a escondidas en el cuarto de la medicación.