En Dueñas, el pueblo en el que pasé la mayor parte de mi infancia, a los perros se los llamaba genéricamente "chitos". "¡Quieto, chito!", "Ábrele la puerta al chito", "Dale el pan al chito".
Valga este relato como pequeño homenaje al lugar y a las gentes que, siguiendo a Rilke, configuraron buena parte de mi patria.

BLUES
Estaba
tan absorto en la contemplación de la chimenea apagada que no se percató de la
lenta aproximación de Chito. El perro se había acercado con pasos cortos y
silenciosos, se había sentado entre sus piernas y, topando suavemente en sus
manos, había reclamado atención y caricias.
—Hola,
Chito —murmuró Jesús, y empezó a rascarle detrás de las orejas.
El animal
levantó unos ojos interrogantes y tristes.
—Sí, se
nos ha muerto el amo —contestó Jesús a la pregunta del perro—, ya lo sé. Pero
tú no te preocupes…
Chito había llegado a la casa once años atrás para sustituir a Tron, que había
muerto de viejo. Casi desde el principio, se entendió con Aniano, el padre de
Jesús, como si le leyera el pensamiento.
—¡Chiiiiiiiiiiiiito!
—llamaba Aniano, alargando la vocal—… chisss, chisss, chisss…
Y, solo
por el tono de voz, el perro sabía si tenía que reagrupar el rebaño, ir en
busca de un cordero remolón o azuzar a los animales para emprender el regreso.
Aniano
había sido pastor desde los doce años, primero de ovejas ajenas, luego, tras
mucho esfuerzo, de las propias. Había conseguido aprender a leer y a escribir y,
a pesar de no haber ido a la escuela más que lo imprescindible, en su zurrón
los libros habían hecho compañía a la comida y a la bota de vino. Por eso,
cuando el maestro dijo que Jesusín era un chico muy inteligente, que podría
estudiar lo que quisiera, Aniano no dudó en mandarlo a la capital para que
hiciera el bachillerato y una carrera en la universidad.
Colgada sobre
el aparador, sin nada alrededor que distrajera la atención de su marco de
madera tallada, la orla de la
Facultad de Derecho proclamaba que en aquella casa, en
aquella familia, había un licenciado.
Jesús
siguió pasando la mano por la cabeza peluda con movimientos pausados, rituales.
“Es curioso -pensó de pronto- me sé casi de memoria la ley de Enjuiciamiento Civil
pero no sabría distinguir una espiga de cebada de una de centeno”. La mirada se
le detuvo en el estante sobre el que aún destacaba el viejo radiocasete.
—¿Qué
música es esa? —había preguntado su padre al oír la última canción de la cinta.
—Es
blues, padre.
Ramiro,
el hijo del médico, le había pasado a Jesús una cinta con una selección de
canciones que había grabado de un programa de radio.
—¿Blus?
¿Eso qué quiere decir?
—Es una
clase de música, la hacen los negros de los Estados Unidos.
—Suena un
poco triste pero me gusta.
—Es una
canción funeraria.
—¿Funeraria?
Hum… es triste pero no fúnebre… ¿Seguro que es funeraria?
—Seguro,
padre.
—En ese
caso —Aniano había dudado un segundo antes de concluir—… en ese caso es una
canción para alguien que haya muerto en paz.
Seguramente
su padre tenía razón. Era una canción para alguien que hubiera muerto conforme
con su existencia, con su destino y con su final; para alguien que hubiera
muerto con la conciencia tranquila porque había cumplido siempre con su deber y que no dejaba ningún asunto pendiente.
Se acercó
al estante, cogió la cinta y se la echó al bolsillo. Chito le siguió hasta la
calle y le acompañó hasta la puerta de la Iglesia.
En el
funeral de Aniano no sonó el “Adagio” de Albinoni ni el “Canon” de Pachelbel,
ni siquiera el “Aria de la Suite
en Re” de Bach. En el funeral de Aniano sonó la “Funeral music from Mississipi John Hurt”, de John Fahey.
A la
mañana siguiente, Jesús se levantó antes de que amaneciera. Buscó el zurrón de
su padre y metió pan, queso, chorizo y vino, pero no cambió el libro que su
padre estaba leyendo. Se puso una vieja zamarra y, con el perro pegado a sus
pasos, salió al corral. Junto a la puerta del aprisco descansaba el cayado con
el que su padre había salido a pastorear toda la vida.
La
cancela chirrió al abrirla.
—¡Chiiiiiiiiiiiiiiiiiiito!
—llamó Jesús, alargando la vocal—, chisss, chisss, chisss…
Y, solo
con oírle, Chito supo que tenía que entrar al aprisco y azuzar a las ovejas
para que salieran hacia la trasera, para que emprendieran camino hacia las eras
en las que pastarían hasta el anochecer.