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domingo, 16 de enero de 2011

PERJUDICIAL PARA LA SALUD

 
No sé si estareis de acuerdo conmigo pero creo que Bernardo tiene mucha razón. Y, como le dijo el médico al anciano al que había puesto a régimen, quitado el vino, el tabaco y las relaciones sexuales: "No sé si vivírá mucho más pero se le va a hacer de largo..."
(Cum animo iocandi, siempre)


RESIDENCIA DE ANCIANOS

Es fácil adivinar quién está de mañanas. Si el carro de la ropa suena rápido, potente, cotoclón cotoclón, acercándose con el estrépito de un tren de mercancías, es que viene la gordita morena que abre la puerta casi sin llamar y saluda con voz potente.
—¡Buenos días, Bernardo! ¿Ya te has afeitado?
En cambio, si lo que se oye es un suave repiqueteo que se aproxima lentamente, la que llega es la nueva, que es toda discreción, que se asoma con gesto prudente, como si temiera molestar.
—Buenos días, don Bernardo. ¿Qué tal ha dormido hoy?
Dormir bien es muy importante para la salud, me dice siempre que puede, con un hilillo de voz, sobre todo a mi edad, añade.
En el comedor busco a Teodoro, mi compañero de mus, y, si no ha llegado aún, ocupo una mesa vacía y le espero. Enseguida llega la camarera rubia, que suele coincidir en el turno con la gordita morena, y me deja el cubilete con las pastillas. La cápsula azul para el estómago, pastilla blanca para el azúcar. Alguna vez, pensando que nadie me veía, he intentado alcanzar una magdalena de una mesa vecina pero, enseguida, la mano rigurosa de la dietista ha surgido de la nada para golpear la mía y hacerle soltar la presa.
—¡Bernardo! ¡Eso es veneno para usted!
Nadie sabe cómo detesto el dulzor impostor de la sacarina.
Y luego el taller ocupacional. Hay que hacer trabajar a la mente para que conserve su agilidad, nos explica el terapeuta, y luego nos obliga a pintar figuras de escayola o a resolver unos puzles estúpidos o a buscar recortes de periódicos en los que se hable de la maravillosa tercera edad.
—Enrique, hijo, esto es un rollo.
—No diga eso, Bernardo, usted no sabe lo bueno que es para…
—..para mi salud, sí, ya me lo has dicho.
Casi prefiero el gimnasio, no deja de ser un desahogo físico. Me gusta la cinta. Cierro los ojos y me hago a la idea de que corro al aire libre. Una vez subí el ritmo, porque me aburría ir tan despacio, pero a la fisio le faltó tiempo para reñirme.
—¿Qué pretende, Bernardo, que le reviente el corazón?
A la hora del almuerzo toca la pastilla para la tensión y el antiinflamatorio para que no me duelan las articulaciones. Y la verdura cocida y el filete a la plancha. Todo sin sal.
Aprovecho el tiempo de la siesta para leer aunque, a veces, si me pilla cansado, doy una cabezada. La tele no la veo nunca porque a esas horas no hay nada que valga la pena.
En la merienda no hay pastilla, es una suerte. No faltan, eso sí, el maldito descafeinado con sacarina y la tostada insípida. La partida de después suele ser al mus aunque ni a Teodoro ni a mí nos importa jugar a cualquier otra cosa, siempre que encontremos buenos contrincantes. No nos gustan los novatos, es demasiado fácil ganarles. Y, si hace buen tiempo, en vez de jugar a las cartas nos vamos a dar un paseo.
Con la cena llega la pastilla del colesterol, esa grasa tan mala que, según el enfermero, me obstruye las arterias. Y, cómo no, la sopa insustancial y el pescado cocido. Fruta del tiempo en el postre.

A las doce de la noche ya está todo el mundo dormido. A la una, el silencio es tan denso que casi puede tocarse. A partir de esa hora, en cualquier momento puede llegar Borja, el celador de noche. Tiene poco más de veinte años, el pelo de punta y un piercing en la ceja derecha.
—Hoy te has retrasado, hijo…
—Ha sido Eulalia, que no quería dormirse. He tenido que contarle un cuento.
Sin hacer ruido, bajamos por la escalera de incendios hasta el cuarto de máquinas. Borja saca una llave del bolsillo y abre un pequeño armario. Saca dos vasos, la botella de Jack Daniel´s, la caja de pastas y me ofrece un cigarrillo. Nos repantigamos en las sillas de camping.
—Eres un hombre sabio, Borja —le digo mientras exhalo el humo que acaba de pasear por mis pulmones.
—¿Sabio? ¿Yo? Vamos, Bernardo, no jodas.
—Sí, tú, sabio. Porque de todas las personas que hay en esta casa…
Me interrumpo para alcanzar una pasta y darle un buen mordisco.
 —… de todas las personas que hay en esta casa eres el único que ha comprendido que lo realmente perjudicial para la salud…
Hago otra pausa para mojar la pasta con un buche de whisky.
—… lo que resulta verdaderamente fatal para la salud es…
Trago y paladeo el sabor del azúcar y del roble, el picorcillo del alcohol.
—… es estar vivo.

8 comentarios:

  1. ¡Humm! Tendría muchas pegas que poner a tan idílica actitud residencial. Después de tres tengo experiencia, pero claro las licencias de la escritora y su valía, la que vale,vale y la perspectiva final, no tiene desperdicio.
    Besitos de azúcar sin roble.

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    1. Ays, Rosa preciosa... deja que me tome esas licencias, porfa...
      Pero te diré que en la única residencia que conozco la actitud, exceptuando a Borja, es parecida a la del relato. No la copié, la residencia la conozco hace cinco días y el relato tiene años.
      Un beso enorme, corazón, y gracias.

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    2. Sé que hay muchas y de diversas maneras, aunque me costó mucho trabajo que entrara, creo que es de las mejorcitas.
      Besitos

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  2. Es buenísimo, Fefa. Siempre he pensado que esa vida no es vida. Voy a ponerme un gintonic y a encender el enésimo L.M.

    Besos mil.

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    1. ¡L.M.! ¡Gin tonic!
      A mis brazos, hermana en la fe de Bernardo. He traído unos bombones (por lo de la teobromina y eso, ya sabes)
      Besos, muchos.

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  3. Respuestas
    1. Gracias, Reina de picas.
      Qué ganas de achucharte.
      :-)
      Besos suspensivos... hasta el viernes.

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