Aquí está el relato. Doscientas palabras justas. Puede que no sea del todo malo porque quedó el tercero entre más de dos mil. Cuando pensé en escribirlo recordé que en algún lugar había leído algo que hacía referencia a... me gustó la idea y la usé para contar mi minihistoria negra. La memoria me falla (digo en mi descargo que esa lectura tuvo lugar hace casi cuarenta años) pero San Gúguel no: era una cita al inicio de "La tía Julia y el escribidor", de Mario Vargas Llosa. Juego de muñecas rusas o de espejos infinitos, aunque en mi relato solo haya dos matrioskas y dos imágenes.
Y, como ilustración, nadie mejor que mi Julio.
El grafógrafo
a Octavio Paz
Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.
Salvador Elizondo

Imagen tomada de aproxlitecomteu.wordpres.com
MUÑECA RUSA
Juan encendió el ordenador
dispuesto a acabar la novela. Era la tercera de la trilogía y el éxito de las
dos primeras había aumentado las exigencias de la editorial. Querían un final
brillante, inesperado.
Años antes, trabajando
en periodismo de investigación, se había infiltrado en un cártel sudamericano.
Abandonó al poco tiempo, asustado de la facilidad con que se despachaba a
camellos y prostitutas, pero había tenido tiempo de conocer los entresijos del
negocio. Con eso y con bastante imaginación había montado las aventuras de su
personaje: un periodista escritor infiltrado
en una banda de narcotraficantes y proxenetas.
Tendrían un final
inesperado: su protagonista escribiría el último capítulo sin sospechar que
había sido descubierto y habían ordenado su muerte.
Absorto en la
escritura, Juan no oyó la puerta ni los pasos que se acercaron a su espalda.
Tampoco el disparo
silenciado que le atravesó la cabeza justo cuando escribía “FIN”.