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domingo, 8 de noviembre de 2015

EL REY Y LA REINA

He repasado todas las entradas del blog y no encuentro ninguna con este título así que supongo que el texto es nuevo en este espacio.
Me lo ha recordado el anuncio de la presentación del libro de Soledad Serrano Fabre Pudo suceder así.
Va por ella y por el éxito seguro del libro (Soledad es de las Grandes).





Imagen tomada de kappostorias.blogspot.com




EL REY Y LA REINA

Los amantes se encontraron en una de las puertas de la muralla y se fundieron en un abrazo apasionado.
—¡Amor mío! —susurró ella.
—¡Luz de mi vida, oasis de mi desierto! —contestó él.
—Cuánto tiempo desde la última vez…
—Demasiado, paloma mía… Llevo varias noches sin dormir pensando en este momento.
—Yo también, azor de mi corazón.
—¿Y tu marido, rosa de Jericó?
—Allá abajo, en nuestro campamento, roncando como un gorrino. Cuando coge el sueño no lo despiertan ni los truenos de Santa Bárbara.
—Qué ganas tengo de que acabe todo esto, Isabel…
—Y yo, galgo mío, pero pronto nuestros problemas dejarán de serlo. ¿Sabes, Boabdil,  que me he comprado una camisa nueva para cuando llegue el gran día?


viernes, 2 de octubre de 2015

NÚMEROS

El otro día vino la musa un ratito, justo para que me diera tiempo a escribir este micro (ciento veinte palabras) para los amigos de Gigantes de Liliput.

Para mayor alegría, he encontrado esta maravillosa imagen que mezcla dos de los ingredientes más sabrosos de mi vida: los libros y Markus Cornelius Escher.






Imagen tomada de pasenylean.com




SUMAS Y RESTAS


Seis para Ingeniería, otros tantos para Arquitectura, Física y Matemáticas, lo que haría un total de veinticuatro; diez para Latín y Griego, quince para Filosofía, Historia y Bellas Artes; veinte (qué menos) para Filologías varias, veintitantos para unos cuantos idiomas, y una cantidad casi imposible de determinar para leer todo lo leíble.

Volvió a sumar. El resultado volvía a ser excesivo. Les quitó algunos años a la Botánica y a la Astronomía. Seguían siendo muchos.

Renunció a la Oceanografía y a la Filología bíblica trilingüe. Ni así.

Ni siquiera suprimiendo Derecho y Administración de Empresas conseguía que todo lo que quería saber cupiera en una vida de ochenta años.


Por más vueltas que le daba, no le salían las cuentas.

viernes, 11 de septiembre de 2015

"JULIA", UNA RECOMENDACIÓN

Lo reconozco, estoy vaga de solemnidad. Podría decir en mi descargo que hay un nuevo miembro en la familia que absorbe parte de mi tiempo pero reconozco que como excusa es más bien pobre. También podría echarle la culpa de mi inactividad a la golfa de mi musa, tan amiga de escabullirse en cuanto tiene ocasión, pero este pretexto es más pobre aún, si cabe, que el anterior, porque todo el mundo sabe que cuando llegue la inspiración te tiene que encontrar trabajando. Y yo hace mucho que no me pongo a la tarea. De modo que, ya que no hay justificación para mi indolencia, haré al menos un poco de publicidad del libro de una amiga. Lo escribió hace muchos años y lo tenía guardado en un cajón pero, al parecer, le ha dado un pronto y lo ha puesto en Amazon.




Creo que la portada no necesita explicación. En efecto, se trata de una novela erótica. Aunque, en mi opinión, no demasiado erótica, la mayor parte del texto está empleada en desarrollar una historia romántica. Así que, si os gustan este tipo de relatos, os la recomiendo, porque es amena y, efectos secundarios aparte, se lee de un tirón.

Y como el principio lo podéis leer en Amazon, os pongo un fragmento del capítulo 22.


Se levantaron y lo siguieron, a través de dos salones, hasta una puerta de madera tallada. La golpeó con los nudillos y, sin esperar respuesta, la abrió y se hizo a un lado para dejarlos pasar. César le cedió el paso a Julia, de modo que fue ella la primera en ver a la mujer alta, fuerte, vestida con una larga túnica de seda verde, enjoyada con largos pendientes y varios collares, sentada en un gran sofá tapizado de damasco. En cuanto los vio se puso en pie y caminó hacia ellos. Abrazó cariñosamente a César y lo besó en las mejillas.
—¡Querido! —exclamó— ¡cuánto tiempo sin venir a verme!
—He estado ocupado —dijo César sonriendo.
—Ya veo —contestó la mujer mirando a Julia de arriba abajo—... y lo comprendo. Cualquier cosa es mejor que visitar a una vieja aburrida.
—No empieces, Lola —dijo César—, todavía no eres vieja y nunca has sido ni serás aburrida.
—Ya lo sé —dijo la mujer haciendo un gesto coqueto—, pero me encanta que me lo digas —Se volvió hacia Julia—. Bueno... preséntanos...
César las presentó. Doña Lola besó a Julia en las mejillas, la cogió de la mano y la condujo hacia el sofá. Le hizo un gesto para que no se sentara, se alejó de ella unos pasos y volvió a mirarla detenidamente. César se había sentado en un sillón cercano y miraba a la mujer como quien espera un veredicto.
—Es realmente adorable —dijo doña Lola con un suspiro— ¿Dónde la has encontrado?
—Es un regalo de mi hada madrina —contestó César.
Copión, pensó Julia. La frase era de Luis, la había dicho, precisamente, cuando César le preguntó de dónde había sacado a Julia. Doña Lola se sentó en un sillón y soltó una carcajada. Con un movimiento de la mano le indicó que se sentara.
—No sé si tienes hada madrina, querido —dijo—, pero, si la tuvieras, estoy segura de que no malgastaría sus poderes haciendo un regalo como este a un chico malo como tú.
—No lo estropees, Lola —dijo César—. Llevo semanas intentando convencerla de que soy una persona de fiar.
Doña Lola volvió a reír. Se puso en pie y se dirigió hacia un carro de bebidas que estaba al otro extremo de la habitación. Al pasar junto a su lado le rozó la mejilla con los dedos.
—Ella sabe que estoy bromeando, ¿verdad, querida? Ya se ha dado cuenta de que te quiero y de que finjo estar enfadada contigo porque no te perdono que no hayas venido antes a verme y a traerme noticias de los amigos. ¿Whisky?
Empezó a preparar los vasos sin esperar contestación. Julia la observó por detrás. Calculó que tendría unos cincuenta años, quizá alguno más, y  tenía que haber sido una mujer muy guapa. Todavía tenía la piel fina y suave y unos brillantes ojos verdes. El pelo, negro y peinado hacia atrás, conservaba brillo y fuerza. Le dio un vaso a César y cogió otros dos del carro. Le alargó uno a Julia y fue a sentarse al sillón que se encontraba frente a César. Julia se quedó mirando el vaso y pensó que no debía beber. Aún se notaba ligeramente mareada después del viaje y se daba cuenta de que no podía pensar con claridad, como cuando tomaba Valium. De hecho, la situación era, cuanto menos, bastante extraña y, sin embargo, se encontraba como si empezar las vacaciones haciendo una visita a aquella extraña mujer fuera la cosa más normal del mundo. Realmente, el champán le había sentado muy mal.
Doña Lola se recostó en el sillón y levantó su vaso.
—Por vosotros —dijo.
Julia levantó también el suyo y dio un pequeño sorbo de whisky. Estaba muy bueno pero no debía beber más.
—Y bien, César —dijo doña Lola después de una pequeña pausa—... el otro día no terminamos de  hablar de lo que nos interesa. ¿Quieres explicarme ahora qué es, exactamente, lo que necesitas?



Y aquí podéis echar un vistazo y descargarlo.

http://www.amazon.es/Julia-Victoria-Broch-ebook/dp/B012PQGFQY


jueves, 21 de mayo de 2015

HOTEL ATOCHA

Dolo Espinosa nos hizo recordar sabores y yo me acordé de esto.



Imagen tomada de www.pasteleriafrias.es



BAMBAS DE NATA

No recuerdo exactamente cuándo recuperé aquel sabor, lo mismo pudo ser hace quince años que hace veinte, pero cuando ocurrió sentí la misma alegría que se siente cuando se encuentra una pieza clave del puzzle, la emoción de rescatar del deterioro una secuencia de la película de mi vida. Me viene a la cabeza el nombre de “Atocha”, pero tendría que preguntarle a mi madre si, en efecto, ese era el nombre del hotel en el que nos alojamos unos días, antes de seguir viaje a la que acabaría siendo nuestra segunda tierra.

De la mano de aquel sabor, como se enganchan las cerezas al sacarlas del cesto,  aparecieron los recuerdos que estaban escondidos bajo varias capas de tiempo y de olvido involuntario:  lámparas de cristal de luz amarillenta que iluminaban un hall con tresillos de cuero, el mostrador de recepción, alfombras, moquetas;  unos pantalones de pata de gallo y un jersei marrón con tres pequeños dibujos alpinos sobre el pecho,  un esquiador, dos abetos, puede que el tercero fueran unas cumbres nevadas; el botones del hotel que me decía que estaba muy guapa mientras yo agachaba la cabeza y miraba al esquiador muerta de vergüenza; el cuarto de baño en el que mi madre me enseñaba a usar el cepillo de dientes; el oso de peluche relleno de migas de corcho, tan grande como mis tres años, que me miraba con curiosos ojos de vidrio color café con leche. Y el comedor. Yo sentada a la mesa,  mi madre a la derecha, mi padre a la izquierda, tal vez leche o chocolate en el desayuno (seguro que chocolate, nunca me ha gustado la leche) y aquel sabor, untoso y dulce, que recuperé muchos años después al comer una bamba de nata, versión castiza de la magdalena mojada en té.


Y mientras, a trescientos cincuenta kilómetros, las calles de la ciudad que habíamos dejado para ir a vivir a la que acabaría siendo nuestra segunda tierra desaparecían bajo el agua de un Turia súbitamente embravecido.


lunes, 18 de mayo de 2015

LA MALA BUENA SUERTE


Más fondoarmario. Hay años en que no está una para nada.






Imagen tomada de vayasemestre.blogia.com





EL MUNDO ES UN PAÑUELO


Braulio García Cordovilla estaba harto. El día que accedió a satisfacer el primer y costoso capricho de su por entonces novia, estaba tan enamorado que no cayó en la cuenta de que acababa de firmar su condena. Una condena a 35 años de trabajos forzados, pues por fuerza tuvo que trabajar hasta doce horas diarias durante todo ese tiempo ya que menos no habrían bastado para callar las bocas, pedigüeñas insaciables, de su mujer y sus tres hijas. Y los que le quedaban porque, funcionario ante todo, se sabía destinado a cumplir los sesenta y cinco al pie del cañón y, lo que sería aún peor, a seguir satisfaciendo la demanda ilimitada de sus cuatro lobas con una pensión que nunca sería para tirar cohetes.

De modo que aquel lunes, cuando fue a sellar su boleto de lotería primitiva y la lectura del boleto de la semana anterior casi revienta la pantalla de la máquina expendedora, comprendió que había llegado la hora de resarcirse de tanto esfuerzo en beneficio ajeno. Quiso la suerte que el feliz acontecimiento tuviera lugar en una administración lo bastante alejada de su domicilio como para que el empleado que lo atendió no le conociera de nada por lo cual se limitó a darle la enhorabuena y a indicarle dónde y cómo conocer la cuantía del premio y hacerlo efectivo.

Al día siguiente, después de una noche en la que se había despertado, varias veces, sobresaltado por un sueño en el que le confesaba el premio a su mujer, corrió literalmente a enterarse de su importe que resultó ser una cantidad de euros equivalente a cuarenta millones (Braulio no había conseguido dejar de pensar en pesetas) de la antigua moneda. La cantidad le pareció perfecta pues no era tan alta que no pudiera pasar desapercibida ni tan pequeña que no le permitiera llevar a cabo el plan que, como polluelo que rompe el cascarón y se lanza a la vida, había hecho eclosión en su cerebro la tarde del día anterior. Calculando un gasto de un millón de pesetas por año, podía permitirse el lujo de llegar a centenario sin preocuparse por la cuestión económica.

Con el boleto en el bolsillo, se dirigió a la oficina central de una importante entidad bancaria y, de entre todos los empleados, eligió al que, por su aspecto de joven tiburón de las finanzas, parecía el más adecuado para la operación que quería llevar a cabo. Apenas tardó veinte minutos en conseguir que el joven cerrara la transacción por la cual su boleto pasaba a ser propiedad de un cliente del banco interesado en sacar a la luz una parte de su dinero B y a sus manos llegaba un discreto paquete de billetes morados.


Dos semanas más tarde, en la terraza del hotel, al borde de la playa de Paralimni, Braulio García Cordovilla se tomaba un vaso de tsipouro acompañado de una ración de keftedakia mientras miraba al mar y agradecía la brisa que aliviaba el calor del Sur de la Hélade. Nunca, en su larga vida de trabajador, se había imaginado que fuera tan satisfactorio, tan placentero, el vivir sólo para uno mismo, el no tener más ocupación ni preocupación que la de buscar su propio bienestar. Apuró el vino, se comió la última albóndiga y cerró la revista de automóviles que había estado ojeando. Tal vez se comprara un coche pequeño, empezaba a apetecerle conocer el país.

Se detuvo un instante a la entrada del comedor del hotel para echar un vistazo a las mesas. La víspera había llegado un contingente de turistas noruegos entre los que, a su mirada, había destacado una madurita, impar entre tantas parejas, muy apetecible. Tan absorto estaba en el intento de localizarla entre los comensales que no se percató de la mole masculina que se había acercado a él a grandes zancadas, con los brazos abiertos de par en par.

—¡Braulio! —exclamó la mole, que correspondía al corpachón de su vecino Gervasio, el del 5º derecha —¿Qué haces tú aquí?

La sorpresa fue tan brutal que no tuvo tiempo de componer otro gesto que el del estupor.
—¡Madre mía! ¡Braulio!, ¿no me reconoces? ¡Soy Gervasio, tu vecino! ¡La alegría que se va a llevar tu mujer cuando sepa que has aparecido!

jueves, 7 de mayo de 2015

TODO LO QUE TOCO


Fondoarmario total. La musa sigue sin aparecer.








Imagen tomada de www.lasmejoresportadas.com




OLVIDO

Todo lo que toco se convierte en olvido. Me he dado cuenta esta mañana, cuando fui a coger un libro de la estantería. Hace quince días la vacié por completo, les di a las baldas una mano de reparador (que ya les estaba haciendo falta) y limpié los libros uno a uno. Luego los volví a colocar en su sitio, cada uno en el suyo, el mismo que ocupan hace veinticinco años. Ningún problema en eso, me sabía de memoria el lugar que ocupaba cada volumen y hubiera podido encontrar cualquiera de ellos con los ojos vendados, guiándome sólo por el tacto y la memoria. La jubilación me trajo muchas cosas buenas y la mejor de ellas es, sin duda, disponer de mucho tiempo para lo que más me ha gustado siempre: la lectura. Y esta mañana quise releer “O crime do padre Amaro”. Pero de pronto me encontré frente a la librería, mirando los lomos perfectamente alineados y preguntándome dónde demonios estaba el libro de Queiroz. Quise repasar mentalmente los títulos de cada estante pero sólo conseguí recordar el segundo: Turgueniev, Dovstoievsky, Tolstoi, Chejov, Flaubert y Zola. El resto...
Y en ese momento recordé que, la semana pasada, había sacado mis viejos zapatos de cordón, tan cómodos, tan lustrosos y como nuevos después de diez años, y me los puse para ir a comprar el pan y el periódico. Pero no fui capaz de anudarlos.
Y también recordé que, hace unos días, mi hija Celia llegó a casa con un bebé de cara redonda y ojos grandes. Era tan guapo que no pude evitar sacarlo del cochecito, acunarlo y darle un beso. Luego le pregunté:
—¿Y quién es este jovencito?
Mi hija me miró con una expresión que no supe descifrar.
—Es tu nieto, papá —me contestó—. Se llama Antonio, como tú.
Por eso esta tarde, cuando Matilde se ha acercado a darme un beso, me he apartado bruscamente de ella.
—¡No! —he gritado— ¡Ni se te ocurra!

Creo que la he asustado. Tendré que explicárselo. Tendré que decirle que, después de treinta años de amor, de cariño, de compañía; después de haber pasado juntos tantas cosas buenas y malas, después de haber tenido la inmensa suerte de tenerla conmigo todo este tiempo, he decidido no volver a tocarla. Porque temo que, si la toco, ella también se convierta en olvido. 


domingo, 12 de abril de 2015

"LAS COSAS DE LA CAJA"

Algunos no sabrán que "Las cosas de la caja", antes de ser un blog fue, gracias a Sapristi y a fw, un libro virtual (que es casi como ser un libro de carne y hueso) que puede descargarse aquí:

http://www.vecindiario.es/downloads.php?cat_id=6&rowstart=15

No es más que un entretenimiento sin más pretensiones y, a decir verdad, hay más cosas de otros que mías, pero me entretuve mucho reuniéndolas y dándoles un lugar donde quedarse en perfecto desorden.

Hay dos versiones, una para ebook y otra para lectores digitales (o algo así, no me hagáis mucho caso, que yo con las cosas de Internet no termino de aclararme).








Pongo el inicio por si alguien se anima (o se desanima).




LAS COSAS DE LA CAJA

Desde siempre, las cajas han sido objetos que han llamado poderosamente su atención. Sea cual sea su tamaño, forma o color y sea cual sea el material de que estén hechas, desde siempre le ha gustado mirarlas, tocarlas, olerlas, ABRIRLAS. Su hermana Ana dice que eso es un Edipo mal curado pero ella nunca ha creído demasiado en el psicoanálisis y menos aún desde que se dio cuenta de que, en realidad, no le gustaban las cajas en sí mismas (y eso que las hay preciosas: redondas, cuadradas, metálicas, multicolores) sino las infinitas posibilidades que encierra una caja. Por ejemplo: una caja llena de cosas se le antoja una aventura extraordinaria, porque cada cosa tiene su pequeña historia, su carga de sentimientos y recuerdos, mientras que una caja vacía es la posibilidad de una aventura extraordinaria porque a ella pueden ir a parar la cestita de mimbre que le regaló Roberto, el rompecabezas chino, las caracolas que recogió una tarde Octubre en una playa de las Rías Bajas, el Donvicente, el prendedor que es una lechucita verde, los pendientes de jade y muchas cosas más.
Durante algún tiempo anduvo preocupada porque hay cosas que no son fácilmente encajables y ella quería una caja en la que guardar un montón de cosas que andaban desperdigadas por ahí y estaban pidiendo a gritos un lugar común. No es de extrañar que la alegría invadiera su espíritu la tarde en que comprendió que tenía una preciosa caja (grande y cuadrada y de colores, que son las que más le gustan) que se ajustaba totalmente a sus necesidades. Se armó de paciencia y buscó por todos los rincones hasta dar con todas las cosas dispersas, hecho lo cual procedió a meterlas en la caja sin ningún orden pero, eso sí, con muchísimo cuidado, no fueran a romperse.

De modo que diremos de una vez (por si alguien no se ha dado cuenta todavía) que ésta es la caja y éstas son las cosas que contiene. Para empezar puede servir esta breve nota. (Sí, ya sé que es un espanto, y ella seguramente también lo sabe, pero le tiene mucho cariño y la sitúa entre lo mejor de sus textos, ya sabemos que a veces las razones del corazón nos nublan el entendimiento, qué le vamos a hacer). Se titula, por supuesto:


GRAVE PROBLEMA EN LOS INVIERNOS LLUVIOSOS


—Mira— dijo Lila acercándole a Feve un suéter amarillo
—Qué horror —dijo Feve después de tocar el suéter amarillo— Está  completamente eléctrico
—Debe de  ser la centrifugadora —dijo Lila
—Sí, eso debe de ser —dijo Feve encendiendo un cigarrillo—, la centrifugadora.
—Toda la ropa está así —dijo Lila—, eléctrica. Y no hay más remedio que secarla en la centrifugadora, eso es lo malo.
—Cuando venga el buen tiempo ya no hará falta usar la centrifugadora y la ropa no se pondrá eléctrica —dijo Feve
—Claro —dijo Lila—, cuando venga el buen tiempo...