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jueves, 24 de enero de 2013

SERIE NEGRA (I)

Marchando otra policíaca, especialmente para Carmen Fabre.
(Sus deseos son órdenes para nosotros, mylady)






COMO LA VIDA MISMA

El chasquido de la puerta del garaje sonó como el portazo que remata una discusión, como el último cohete de un castillo de fuegos artificiales, como el punto final de una sentencia. Respiró hondo. Por fin estaba en casa. Echó a andar hacia el porche.
La reunión del Consejo de Administración había concluido de la mejor manera posible, con menos incidencias de las que esperaba y con la felicitación casi unánime a su gestión. Prueba superada.
Le extrañó que Trasgo no acudiera a recibirle como todos los días pero recordó que la perra del vecino acababa de entrar en celo. Seguro que el golfo de su perro se había pasado el día pegado a la valla de la parte de atrás esperando una oportunidad. Suspiró con alivio al entrar en casa.
El impertinente de Vidal había estado a punto de hacerle perder los nervios cuando se empeñó en repasar la cuenta de “Asesoría financiera S. L.” pero, afortunadamente, había conseguido desviar el tema hacia el reparto de dividendos y las magníficas expectativas que apuntaba el mercado iberoamericano.
Siguiendo la rutina de todos los días, dejó el portafolios sobre el diván del recibidor y se giró hacia la puerta para desconectar la alarma. Casi no le sorprendió encontrarla tal como la había dejado. Dorinda, la chica fija, tenía una especie de temor atávico a la electrónica y no era la primera vez que olvidaba conectar la alarma cuando salía de casa en su día libre. Esperaba que, al menos, no hubiera olvidado dejarle algo de cena.
También Fernández-Souto había conseguido inquietarle con su insistencia en comprobar los resultados de la Auditoría. Le había resultado más difícil distraer su atención que la de Vidal pero al final lo había logrado enredándole con la explicación de los problemas de consolidación que estaban teniendo con la migración al nuevo sistema informático.
La cena estaba en la cocina, dispuesta con esmero en una bandeja. La calentó en el microondas y, mientras cenaba, puso la televisión para enterarse de que el paquete más importante de sus acciones había subido medio punto. Satisfecho con la cena y consigo mismo, decidió que nada mejor para hacer la digestión que una copa de brandy y un poco de música. Continuaría también la lectura de la última novela que había comprado. Estaba por la mitad y, teniendo en cuenta que faltaban pocos días para que tomara el avión que le llevaría George Town y que no pensaba llevarla consigo, tenía que darse prisa en terminarla.
No le costaría mucho esfuerzo. Era una de esas novelas escritas para ser un éxito de ventas: intrigas económicas y políticas, sexo, drogas, una Mafia del Este de Europa y un héroe, antiguo miembro del Servicio Secreto británico, dispuesto a descubrir una trama criminal de magnitudes cósmicas. Nada que no pudiera leerse en tres noches.
Se sirvió la copa, conectó el equipo de música, encendió la lámpara de lectura y se acomodó en el sillón dispuesto a enterarse de lo que el destino le deparaba a Johann aunque tampoco era difícil de prever. El tal Johann era un personaje secundario que había trabajado para la Mafia desde el primer capítulo y, ya en el tercero, se habían descubierto sus planes. Llevaba varios meses desviando fondos de la Organización a una cuenta en un paraíso fiscal y pensaba huir en cuanto la cantidad estafada fuera suficiente para garantizarle el retiro. No parecía tener muchas luces el tal Johann. Cualquiera que haya leído “El Padrino” sabe lo que les espera a ese tipo de personajes.
Tal como había supuesto, el jefe de la Organización (un tipo que el autor, en el colmo de la originalidad, había llamado Vladimir) se había enterado de las maniobras de Johann y, con la delicadeza que caracteriza a este tipo de negociantes, había encargado a un matón de confianza que se deshiciera de él.
Algo sonó más allá de la puerta, en el recibidor, algo leve y fugaz, un golpe apagado. Miró hacia la entrada esperando ver aparecer a Trasgo pero pensó que el perro habría hecho varios ruidos, no uno solo. Concluyó que el ruido había sido imaginación suya y siguió leyendo.
El matón había espiado a Johann unos días, los suficientes para averiguar sus costumbres y el día que libraba el servicio. El resto había sido fácil: llamar a la puerta de la casa con la excusa de la entrega de un envío urgente, reducir a la sirvienta, matarla de un tiro y esconder el cadáver en la bodega; envenenar al perro con un trozo de carne inyectada de estricnina y esperar a que Johann regresara.
Sonrió a solas ante la obviedad de la trama. El autor no se había esforzado lo más mínimo. Era todo tan esperable, tan evidente, que pensó en abandonar la novela y buscar una lectura que fuera capaz de sorprenderle.
De nuevo le pareció oír un ruido, tal vez un pequeño crujido de la madera del suelo. Podría ser Trasgo, que regresaba cabizbajo de su escapada amatoria, o Dorinda, que volvía más temprano que de costumbre.
Levantó la vista del libro. Frente a él, a la entrada del salón, no estaban ni su perro ni su asistenta pero, casi invisible en la penumbra, un tipo de gabardina oscura y anchos hombros le miraba a los ojos y empezaba a caminar hacia él mientras apuntaba a su cabeza el cañón de una pistola con silenciador.

martes, 22 de enero de 2013

BAILE DE MÁSCARAS

Se diría que haber leído la obra (casi) completa de Agatha Chistie, amén de seguir con entusiasmo algunas series policíacas, desde "Perry Mason" hasta "Bones", es algo que imprime carácter y, a veces, a la hora de escribir, me salen cosas con su puntito de intriga.

(Lo de la varita mágica está basado en hechos reales)


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Los invitados, casi ciento veinte, fueron llegando entre las ocho cincuenta y las nueve quince. La única retrasada fue una Odalisca que dijo no haber encontrado taxi y que llegó a las nueve cuarenta, cuando ya había empezado la cena.
Los anfitriones, Sol y Luna respectivamente, recibieron a sus invitados a la puerta del Casino, presidieron el banquete y no abandonaron la pista de baile en ningún momento de modo que todos pudieron verlos desde el principio de la fiesta hasta el momento en que la camarera salió gritando de los servicios, donde había ido a reponer toallas secamanos.
El hijo de Sol y Luna, el Conde Drácula, llegó solo, alrededor de las nueve, y durante unos minutos estuvo en la puerta junto a sus padres. Luego pasó al interior y se le volvió a ver sentado a la mesa, poco antes de que comenzaran a servir la cena, entre la Princesa India y el Hada. Según los comensales próximos, Drácula estaba ligeramente más animado que de costumbre, pero no tanto que les hiciera sospechar el consumo previo de estimulantes. Durante toda la cena charló con su habitual desenvoltura, sobre todo con el Hada, a quien dirigió miradas cariñosas y palabras de elogio referidas, sobre todo, a las bufandas que ella le tejía cuando estaban juntos. Esto no dejó de sorprender a los testigos pues todos sabían que Drácula y el Hada estuvieron saliendo durante bastante tiempo (aunque, eso sí, nunca llegaron a comprometerse) y, después de algunos años, Drácula rompió la relación y empezó a salir con la que para entonces ya era su novia, la hija del rico industrial Villagrande, que no acudió a la fiesta por encontrarse indispuesta. Cuando se produjo la ruptura, todo el mundo pensó que el Hada le guardaría eterno rencor a Drácula por haberla abandonado después de tanto tiempo pero el testimonio de los vecinos de mesa contradecía este extremo.
El Diablo y la Muerte fueron de los últimos en llegar y estaban colocados en otra mesa. Este extremo también sorprendió a los asistentes dado que el Diablo, la Muerte y Drácula habían sido compañeros de estudios y amigos hasta que terminaron en la Universidad. Pero la investigación reveló que Drácula, en una operación financiera nada clara, había sido el causante de la ruina de la empresa que habían montado la Muerte y el Diablo.
Barbarroja, por otra parte, se sentaba en la mesa de los anfitriones. Sus negocios con el Sol eran conocidos por todos y aunque siempre se rumoreó que el padre de su nieto era Drácula, parece ser que se llegó a un acuerdo económico que eximía al hijo de Sol y Luna de toda responsabilidad paternal respecto a la hija de Barbarroja.
El cuerpo fue descubierto por una camarera a las doce y cuarto. En aquel momento todo el mundo estaba en el salón de baile y no había nadie en los lavabos. Dada el número de invitados y el constante ir y venir de gente de un lugar a otro, fue prácticamente imposible determinar en qué momento unos u otros habían ido al servicio de modo que, aunque la investigación se centró en aquellos que pudieran tener motivos para ver muerto a Drácula, no hubo forma de determinar cuál de los sospechosos estaba en el baño a la hora del crimen.
Además, hubo otra cuestión que dificultó sobremanera el esclarecimiento de los hechos: el arma. El cadáver presentaba, a la altura del epigastrio, una herida pequeña y profunda, circular, producida por un objeto cilíndrico, punzante, de no menos de veinte centímetros de longitud. Lo primero que se revisó fueron todos los pinchos para brochetas existentes en el restaurante del Casino pero ninguno de ellos coincidía en calibre con el orificio de la herida. En otro orden de cosas, hay que decir que Drácula tuvo mala suerte: el objeto llegó hasta la aorta, lo que le produjo la muerte casi de forma instantánea.
Sin arma homicida, sin pruebas concluyentes en contra de nadie, el caso se cerró a los pocos meses.

—Comisario —dijo la subinspectora Fernández—… aparte de los pinchos… ¿no investigaron nada más?
—Creo que no, Fernández, tenga en cuenta que era poco probable que uno de los asistentes llevara un objeto así y pasara desapercibido. ¿Por qué lo dice?
—No, por nada, pero…
—Pero… ¿qué?
—Que me acabo de acordar de que, hace unos años, tuve que disfrazar de hada a mi hija para una fiesta del colegio y como se me olvidó comprarle la varita mágica… le hice una…
—¿Y eso qué tiene que ver con lo que acabo de contarle, Fernández?
—Nada, comisario, solo que… le hice la varita forrando con papel de aluminio una aguja de hacer punto…




domingo, 20 de enero de 2013

PONTÍFICE (Teoría de la literatura)

¿Cuál es la esencia de la creación literaria? ¿A qué profundas necesidades responde, qué miedos ahuyenta, a qué fantasmas sirve de exorcismo? ¿Por qué razón o razones un buen día un sujeto arranca a escribir?
(¿Qué es educar?)

Pues eso.

http://diariode1enamorada.blogspot.es/img/libro.jpg




PONTÍFICE 

La Musa se coló por debajo de la puerta y apareció delante del Escritor, que se afanaba en el teclado.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Estoy tendiendo un puente —contestó el Escritor.
—Pero... si estás escribiendo...
—Pues eso. 

viernes, 18 de enero de 2013

SALA DE EMBARQUE

El día 6 de mayo de 1961 nacieron en el mundo muchas personas, entre ellas un chico muy guapo que fue un atractivo pediatra en la serie "Urgencias" y acabó dedicándose a hacer películas y otro chico no menos guapo (aunque quizás no tan alto como el primero) al que tenemos la suerte de conocer y querer.
Va por ti, Javi, Ojáncano.


Sala De Embarque




EN TRÁNSITO


El S.E. (Ser Etéreo) número 38 se incorporó a la cola detrás del que llevaba el dorsal 325. Sobre el mostrador en el que terminaba la fila, un cartel de extraña luminiscencia componía la palabra “Tierra” y, debajo de ella, un grupo de guarismos: “04 05 1961”. En paralelo, varias colas más  terminaban en idénticos mostradores que mostraban letreros parecidos también con números y nombres como “Mu Arae”, “55 Cancri”, “Gliese 876”, “Gi 436”…
—Llegas un poco tarde, ¿no? —preguntó de pronto el S. E. 325, que se había girado y había visto con cierta sorpresa el número tan bajo que llevaba el dorsal del S.E. recién incorporado.
—Bueno —contestó éste—… en realidad, llegué a tiempo pero me enganchó San Miguel y me ha tenido más de una hora colocando cajas.
—Ah, las famosas cajas de San Miguel… Dicen que todo el mundo las ha colocado alguna vez pero nadie sabe lo que contienen.
—Sea lo que sea, te aseguro que pesan como una condena a Vagar Eternamente.
El S.E. 325 se estiró un poco para ver el final de la cola.
—Qué lentitud, por Dios —exclamó mostrando una cierta contrariedad—. Lo larga y aburrida que es esta espera y no lo recuerdo nunca.
—Afortunadamente—dijo el S.E. 38—. ¿Te imaginas lo que sería recordar todas estas colas, todas las Vidas Anteriores?
—¿A ti no te gustaría?
—Francamente, creo que no podría soportarlo. Incidentes, sufrimientos, desdichas, enfermedades, alegrías, arrebatos, sentimientos, amores… Multiplicados por diez, por veinte… No, no podría.
—Yo a veces he estado tentado de pedir el Recuerdo Eterno pero no me he decidido nunca. Quizás tengas razón y veinte vidas sean demasiada carga para una sola Memoria. Por no hablar de los trámites, que tengo entendido que duran como media Eternidad. Mejor empezar de nuevo cada vez, sí, sin recuerdos que pesen.
Los SS.EE. que los precedían avanzaron unos pasos y ellos se apresuraron a imitarlos.
—¿Sabes algo de la Tierra? —preguntó el S.E. 38.
—Algo sé —contestó el S.E. 325 enigmáticamente.
—Vaya —se asombró su compañero—… Y… ¿quién te lo ha contado?... si es que puede saberse, claro.
—Pues un Liberado, claro está.
—¿Y qué te contó?
—Básicamente, que la Tierra puede ser como el Paraíso o como el Infierno indistintamente y que todo depende de dónde te toque.
—Pues estamos apañados. La verdad, empieza a cansarme un poco esta incertidumbre previa a cada reencarnación, ya tengo ganas de terminar el Ciclo.
—¿En serio? ¿En serio prefieres acabar de una vez a tener la oportunidad de vivir una vida distinta cada cierto tiempo? No sé qué decirte, 38, a mí se me antoja que la vida de Liberado tiene que ser aburridísima.
—Qué va. Imagínate que te toca trabajar en el equipo del Espíritu Rojo, todo el tiempo recorriendo el Universo en busca de Vida, o bien organizándola y repartiéndola por todo el orbe desde el Distribuidor Central… Ése tiene que ser un trabajo muy interesante, ¿no crees?
—No sé… Casi prefiero esto de una nueva Vida cada vez, la sorpresa de no saber qué me espera.
Mientras charlaban la cola había avanzado y, mucho antes de lo que esperaban, se encontraron junto al mostrador. El Liberado que lo atendía miró el número de sus dorsales, tecleó en el ordenador y esperó a que la impresora hiciera su trabajo. Luego les entregó sendos documentos.
—Aquí tenéis vuestra identificación y vuestro destino, conservadlos hasta el final del trayecto. La salida por la puerta del fondo. ¡Y suerte!
—Eso esperamos —murmuró el S. E. 38 mientras daba un rápido vistazo a su cartulina.
—¿Qué? —preguntó el S.E. 325 asomándose para mirar— ¿Qué pone?
—“George Cluny, Lexington, Kentucky, USA” ¿Y en el tuyo?
—“Javier Navarro, Santander, Cantabria, España”.
—Se acabó la incógnita, ya está decidido. Esperemos que nos vaya bien.
—Nos irá bien, estoy seguro.
Detrás de la puerta del fondo otro Liberado los esperaba para indicarles que debían separarse. El S.E 38 debía seguir por el pasillo señalado como "América" mientras el S.E. 325 continuaría por el de "Europa". Por un momento, S.E. 325 deseó volver a ver a su compañero de espera, deseó que "Santander, Cantabria" y "Lexington, Kentucky" fueran lugares cercanos en aquel extraño planeta llamado Tierra. Y pensó que, si hubiera tenido un cuerpo material, le habría dado un abrazo de despedida.
—Buena suerte, George.
—Buena suerte, Javier.








Por si alguien quiere saber de qué trata exactamente este relato, pego una noticia. La vi hace unos días y creo que es una buena explicación para lo que escribí hace unos años.



¿Existe la muerte? Una teoría científica asegura que no

El profesor estadounidense Robert Lanza explica, basándose en el 'biocentrismo', que la muerte existe sólo en nuestra conciencia

PÚBLICO Madrid 16/04/2014 10:16 Actualizado: 16/04/2014 14:47

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El científico Robert Lanza cree que la muerte es una 'ilusión'.

El científico Robert Lanza cree que la muerte es una "ilusión".

Es un interrogante que ha planeado siempre sobre las cabezas de filósofos, médicos, teólogos, pensadores e investigadores. ¿Existe vida después de la muerte? ¿Qué pasa con nosotros cuando el cuerpo ya no responde?
Ahora, un científico estadounidense afirma que la muerte "es una ilusión" y que las evidencias científicas sugieren que "la muerte no es el final".
En un artículo publicado en su sitio web y recogido en el diario británico The Independent, el profesor adjunto de la Escuela de Medicina de la Universidad Wake Forest de Carolina del Norte, Robert Lanza, cree haber hallado la respuesta en la Física Cuántica, más concretamente en la nueva teoría del biocentrismo, basada en que prácticamente todo lo que asumimos como un hecho, existe porque nosotros creemos que es así.
"Nuestra manera clásica de pensar está basada en la creencia de que el mundo tiene una existencia objetiva de observador independiente. Pero una larga lista de experimentos muestran justo lo contrario. Creemos en la muerte porque nos han enseñado que morimos. También, por supuesto, porque nos asociamos a nosotros mismos con un cuerpo y sabemos que los cuerpos mueren", señala Lanza en su artículo.
De este modo, el científico señala que conceptos como el universo, el espacio o el tiempo existen sólo en nuestra conciencia, como instrumentos construidos para la propia vida. "Todo lo que ves y experimentas en este momento -incluso tu cuerpo- es un remolino de información que ocurre en la mente", escribe.
Sostiene, por tanto, que si el espacio y el tiempo no existen, "la muerte no existe en un mundo intemporal y sin espacio". "La muerte no existe en ningún sentido real en estos escenarios", afirma Lanza.
¿Significa eso que vivimos eternamente? El profesor explica que la inmortalidad "no significa una existencia perpetua en el tiempo, sino que reside fuera del tiempo completo". Y explica así lo que podría quedar tras la muerte del cuerpo: "La vida es una aventura que trasciende nuestra manera lineal y ordinaria de pensar. Cuando morimos, no lo hacemos en el modo de una matriz aleatoria, sino según la matriz ineludible de la vida. La vida tiene una dimensión no lineal, es como un flor perenne que vuelve a florecer en el multiverso", concluye.
- See more at: http://www.publico.es/514814/existe-la-muerte-una-teoria-cientifica-asegura-que-no#sthash.KLNyDwEK.dpuf


miércoles, 16 de enero de 2013

OBJETOS PERDIDOS


Si los pantalones vaqueros hablaran...







Imagen tomada de eflecturer.blogspot.com







SOLUBLE EN AGUA

Maldita sea. Maldita sea. ¿Dónde la había puesto? ¿Dónde cojones había puesto la jodida papelina? La había metido en el bolsillo derecho del pantalón, de eso estaba seguro. El amigo de Borja (lo de “amigo” era un decir, saltaba a la vista que Borja no podía tener nada en común con aquel tipo mal vestido, sucio y con cara de colgado) se la había dado en el baño del pub y él le había pasado el puñado de billetes, bien estirados para que no abultaran en la cartera, sus ahorros de tres meses más cien euros que le había birlado a su madre, y a continuación había metido el puño cerrado en el bolsillo y no lo había sacado hasta que se cercioró de que la papelina quedaba bien encajada en las costuras del fondo, o sea que tenía que estar allí, vamos, fijo.
A no ser que… A ver, un momento, hay que pensar, hay que repasar, no sea que algo se haya pasado por alto y… Hay que retroceder hasta… hasta el momento en que entró en casa, eso es, hasta entonces la papelina estaba en su sitio, recuerda haberla palpado mientras apretaba el botón del ascensor, el tacto áspero del papel, el pequeño bulto que formaba el  polvo. Luego había sacado las llaves… Tal vez entonces… Pero no, no se le podía haber caído al sacar las llaves, las llevaba en el bolsillo de atrás. Entró en casa y fue derecho a la cocina sin encender la luz, notaba la lengua pegada al paladar y tenía el estómago revuelto, y no era para tanto, joder, total, solo había tomado seis o siete cubatas, bueno, y la mitad de otro que se le cayó en el pantalón y que al secarse dejó la tela tiesa como un cartón. Abrió el frigorífico y se bebió media botella de agua, oyó el despertador de su padre y se quitó los zapatos para no hacer ruido mientras iba a toda prisa a su cuarto.
Su cuarto, ahí vamos. ¿Qué hizo exactamente? ¿Entró, cerró la puerta, encendió la luz, se quitó la ropa? No, joder, no fue así, maldita resaca, entró y cerró la puerta pero se dio cuenta de que tenía ganas de orinar, eso es, se estaba meando encima y tuvo que ir al cuarto de baño, deprisa, casi a saltos por el pasillo, para acabar cuanto antes y no encontrarse con su padre, el viejo se ponía como un puma cuando le pillaba llegando a casa a la hora a la que él se levantaba para ir a la puta oficina, le decía que era un caradura y un sinvergüenza y cosas por el estilo, fue al baño y orinó, una meada larguísima, como la de una vaca, tuvo que apoyar la cabeza en la pared porque se quedaba dormido, pero no se quitó los pantalones, ni siquiera se los bajó,  joder, sólo abrió los botones de la bragueta, no se le pudo caer la papelina.
¿Entonces? Si no había sido por el camino, ni en el baño… solo quedaba su cuarto, solo allí podía haberse caído. Pero no podía ser, hostias, si había vaciado todos los bolsillos menos ése, había dejado encima de la mesa las llaves, el tabaco, la cartera, los preservativos, unas monedas sueltas… y había dejado la papelina donde estaba no fuera a ser que su madre entrara en su cuarto y le diera por fisgar, y luego se había quitado la camisa y el pantalón y los había tirado a lo alto del montón de ropa y en cuanto se metió en la cama se quedó frito.
Maldita sea, dónde podía haber ido a parar el jodido envoltorio. Tenía que encontrarla, joder, si no, a ver qué hacía él esa noche, que había quedado con Vanessa para cenar en el burguer y contaba con un par de rayitas para conseguir zumbársela de una vez, mierda, mierda, mierda, pero por más que metía la mano en el bolsillo, por más que la hundía hasta el fondo, hasta casi romperle las costuras, la puta papela no aparecía. Y encima se había hecho un arañazo con la jodida cremallera.
Eh, eh, un momento… ¿Cremallera? ¿Cremallera? ¿En qué pantalón estaba mirando? El que llevaba puesto anoche no tenía cremallera, joder, tenía botones, era el Boss azul, su madre le  había dejado encima de la cama los Levis nuevos “para que, al menos, no lleves unos rotos”, había dicho, pero a la hora de salir se había puesto los viejos porque en el último momento se había dado cuenta de que los Levis tenían cremallera y a él las cremalleras le daban mucha grima, siempre que las subía pensaba que se iba a pillar la punta de la polla. ¿Dónde coño estaban los Boss?
—¡Mamá! —gritó desde la puerta de su cuarto— ¿Has visto mis vaqueros Boss?
—¡Los estoy lavando —gritó su madre desde la cocina—, tenían una mancha asquerosa!

lunes, 14 de enero de 2013

EL MAR SIEMPRE DEVUELVE LO QUE NO ES SUYO.

Me gusta encontrar relatos que había olvidado que escribí. Sobre todo cuando los releo y, a pesar de ser míos, me gustan.





EL MAR SIEMPRE DEVUELVE LO QUE NO ES SUYO



Claudio se despertó antes de que amaneciera, como todos los días desde hacía seis meses. No encendió la luz, ya no le hacía falta. Había aprendido a moverse a oscuras por el dormitorio, a localizar la ropa que Rosa había dejado colocada en el sillón antes de que se acostaran, a vestirse a tientas. Todo por no despertarla, por no sacarla de ese sueño que tanto le costaba atrapar cada noche.
Tanteando paredes y muebles llegó hasta la cocina y, con la tímida luz del frigorífico abierto, se sirvió un vaso de leche y se la tomó fría, sin calentarla, porque el microondas hacía mucho ruido.
Ya en la calle, miró hacia el cielo para comprobar no había nubes que ocultaran las estrellas ni viento que moviera las ramas de los árboles y se alegró pensando que eran señales en una pesca abundante y fácil.
Al llegar a la calle de la Lonja entró en el bar de Luisón. La oscuridad de la noche empezaba a disolverse empujada por la luminosidad azulada que empezaba a asomar por Levante pero, a pesar de lo temprano de la hora, el local estaba lleno. Claudio conocía a varios de los clientes, algunos eran mayoristas que compraban partidas enteras de pescado que luego repartían por ciudades y pueblos, otros eran comerciantes que tenían su propio negocio y que podían permitirse el lujo de prescindir de intermediarios. Le pareció ver, al fondo de la barra, al dueño de un conocido restaurante de la costa, un local de esos modernos en los que la carta está llena de nombres que nadie sabe lo que significan y el plato es diez veces más grande que la comida. Claudio despreciaba ese tipo de restaurantes porque estaba seguro de que nada puede superar a una buena caldereta hecha como Dios manda.
—Buenos días, Claudio —saludó el dueño del bar—. ¿Lo de siempre?
—Lo de siempre.
El alcohol del carajillo le raspó un poco la garganta pero, al cabo de unos segundos, le llenó las venas de un agradable calorcillo.
  —Hoy habrá buen género —dijo Luisón, por decir algo, mientras pasaba una bayeta por la barra.
—Sí —contestó Claudio.
Se acabó el café de un trago y dejó unas monedas sobre el mostrador.
—Hasta más ver —se despidió.

Caminó calle abajo, pasó de largo por delante de la puerta de la Lonja y se dirigió hacia el muelle. Por la bocana del puerto ya entraban las primeras embarcaciones. Los cascos se hundían en el mar y Claudio imaginó las redes llenas de congrios, de fanecas, de pulpos… Se sentó al borde del muro de piedra, encendió un cigarrillo y miró hacia el barco que entraba en aquel momento en el puerto. Era un palangrero de casco pintado de blanco. Leyó el nombre en la quilla: “Rosalía”.
Luego llegaron dos trasmalleros pequeños, un par de botes, un cerquero llamado “Poniente”…
Claudio apretaba los párpados para distinguirlos en la lejanía tratando de descifrar su nombre en la proa. Cuando se acercaban lo suficiente para que pudiera leer sin dificultad, dejaba de mirarlos y volvía la vista al horizonte, en busca de los que iban llegando.
Dos horas más tarde, se levantó, se sacudió los fondillos del pantalón y empezó a caminar hacia el puerto. Cuando casi había llegado al final del muelle se cruzó con Matías, el dueño de un arrastrero de nombre “Joana”.
—¿Qué tal, Claudio, ya de regreso?
—Sí, de regreso.
—Hoy tampoco ha venido tu hijo…
—Hoy tampoco.
—A ver si mañana hay más suerte…
—Eso. A ver si mañana.

sábado, 12 de enero de 2013

EL FRAILE AGUSTINO

Ningún comentario previo, espero que baste la foto.
(A Sap seguro que le gusta. Y a Carmen Fabre)


 Imagenes de archivo: Guisantes verdes y amarillos de la fractura. Imagen: 7933424



MILAGRO


El ayudante Atkins cerró la puerta del despacho y respiró hondo. Luego caminó hacia la mesa de caoba tras la que se sentaba Lord Hutchinson y se dejó caer en uno de los sillones de cuero.
—¡Por fin! —exclamó aliviado.
Pero cuando volvió la mirada hacia su jefe y amigo no vio la misma expresión en su rostro.
—¿Qué ocurre, Archibald? —preguntó un tanto alarmado—. No pareces satisfecho de que, por fin, hayamos resuelto este engorroso litigio.
—Y no lo estoy, Henry —contestó su interlocutor.
Atkins dio un pequeño bote en el asiento.
—¿Y puedo saber la causa de tu insatisfacción?
—La causa, querido amigo, no es otra que la constatación de que no hemos resuelto el problema.
—No puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Cómo que no hemos resuelto el problema? Claro que lo hemos resuelto. ¡Y con todo éxito!
Lord Hutchinson se recostó en su sillón, alcanzó una de las pipas que reposaban junto a la lámpara y empezó a llenarla de tabaco parsimoniosamente. Atkins lo miró irritado, no podía con aquella maldita costumbre de Archibald: siempre que tenían algo importante que decir, se entretenía en cargar la pipa.
—Por favor, quieres explicarme de una vez…
—Ahora mismo, Henry, en cuanto consiga que la pipa tire…
Atkins suspiró con resignación. Veinticinco años con Archibald y con sus pipas y no había conseguido acostumbrarse.
—No hay prisa, Arch, tómatelo con calma —ironizó.
Un humo blanco y aromático empezó a llenar la habitación.
—Te decía, Henry, que no hemos resuelto el problema. No si queremos conformarnos con lo fácil, con lo que nadie va a discutirnos. Pero si eso no nos satisface, te diría que más bien acabamos de empezar.
—Te agradecería que fueras un poco más explícito, Archibald.
—Lo seré. La explicación es muy sencilla. Los sobrinos de Lord y Lady Copplestone acudieron a nosotros para dirimir el asunto de la herencia de sus tíos, ¿no es cierto?
—Así es, en efecto.
—En ausencia de herederos directos, ellos serían los receptores de la cuantiosa fortuna de los fallecidos, ¿cierto también?
—Totalmente de acuerdo.
—El único obstáculo para ello sería que la única hija de Lord y Lady Copplestone, que fue robada de la casa de sus padres cuando aún era un bebé, siguiera con vida.
—Ciertamente. Y por eso el problema está resuelto, Archibald. Porque esa mujer que acaba de salir de este despacho hace unos minutos ha aportado la documentación que prueba que ella es Eleonor, la hija robada a los Copplestone.
—Esa es la cuestión, Henry, precisamente esa. La documentación que nos ha presentado esa mujer es completamente falsa.
—¡Archibald! ¿Cómo puedes decir que es falsa si ni siquiera te has tomado la molestia de examinarla?
—No necesito examinarla, Henry. Me ha bastado con mirar a esa mujer a los ojos para saber que esos documentos son un engaño.
—¿Mirarla a los ojos? ¿Qué clase de tontería es esa?
—No es ninguna tontería, querido amigo. ¿Recuerdas los retratos de Lord y Lady Copplestone?
—Vagamente… pero no veo qué relación puede haber…
—¿Recuerdas que tanto Lord Copplestone como su esposa tenían unos grandes ojos azules?
—Sí, es cierto, recuerdo ese detalle.
—Pues ahí lo tienes, Henry. La mujer que acaba de salir de este despacho hace unos minutos no puede ser la hija de Lord y Lady Copplestone porque, amigo mío, esa mujer tiene los ojos negros. Y que dos personas de ojos azules tengan un hijo con los ojos negros… eso, querido Henry, ¡eso sería un milagro!