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lunes, 13 de octubre de 2014

¡SORPRESA!

Los amigos de Facebook, que son unos liantes, y han organizado una cadena para escribir micros. Menos mal que he pillado a la musa de buen humor.



Imagen tomada de cloudmp3.mobi



UN DÍA DIFERENTE

La primera sorpresa se la llevó nada más despertar cuando vio que, contra su costumbre, estaba de un humor excelente.
La segunda tuvo lugar en el pasillo, mientras caminaba hacia el cuarto de baño. Su espalda no había protestado al enderezarse y sus rodillas no habían crujido con los primeros pasos.
La tercera le esperaba en el espejo. Cuando se asomó para comprobar que tenía el mismo mal aspecto de todos los días, el cristal no le devolvió ninguna imagen.

La cuarta y última estaba apoyada en el marco de la puerta. Sus facciones le recordaron a las viejas fotos en sepia de su bisabuelo. Tenía alas en la espalda, le sonreía y le hacía señas indicando que le siguiera.


viernes, 10 de octubre de 2014

LA FERIA



Y parecen atracciones para niños...




Imagen tomada de eltrendelabruja.com



EL TREN DE LA BRUJA


—Vamos a entrar, venga…

—Pero si todo eso son tonterías, niña…

Estaban parados frente al anuncio de “Barok, mago babilónico”. Desde un vistoso cartel en negro y plata, el rostro enigmático de Barok, enmarcado por un turbante de color turquesa e iluminado por la luz que desprendía una bola de cristal, prometía adivinar el futuro con diversas artes.

—Venga, sí…

La niña era testaruda. Cuando algo se le metía en la cabeza era imposible sacárselo. La noche anterior, sin ir más lejos, había vuelto a despertarle de su siesta frente al ordenador a pesar de que le había prohibido que lo hiciera. Tenía veinticinco años pero seguía siendo tan cabezota como cuando tenía cuatro.

—… si es solo por curiosidad, a ver qué dice…

—Qué va a decir… nada.

Barok, en efecto, no dijo nada acerca de su futuro. Pero, cuando entraron en su gabinete, pasó por alto la presencia de la niña y fijó la mirada en él, como si le hubiera esperado durante mucho tiempo y se sorprendiera de verle.

—Has tardado en venir, tienes que hacer un largo viaje —anunció sin apenas levantar la voz.

Antes de que pudieran hacer o decir nada, el mago agachó la cabeza e hizo un gesto con la mano invitándoles a salir. La niña quiso protestar pero el gesto se repitió, acompañado de una mirada que no admitía réplicas.

—Qué grosero —se quejó la niña cuando estuvieron fuera de la carpa—, qué maleducado… Si no me ha dejado hablar…

—Son todos unos charlatanes, hija.

—… y encima no nos ha adivinado el futuro…

“Conmigo habría tenido poco trabajo”, pensó. Porque, desde la muerte de Celia, su futuro se había convertido en un pasaje sin esperanza que parecía no tener final y que solo se iluminaba, de vez en cuando, con las visitas de la niña. Se había ido a vivir fuera pero no olvidaba a su padre.

—¿Subimos al tren de la bruja?

El  tren de la bruja era la atracción preferida de la niña cuando era pequeña. Todos los años tenía que subir una o dos veces, a pesar de que se sabía de memoria el recorrido y los lugares donde aparecían la bruja y los demás sustos. Recordaba a Celia abrazando a la niña, protegiéndola de los escobazos, como si ninguna de las dos supiera que eran de mentira. En realidad, lo que las divertía era fingir que los ataques las pillaban por sorpresa. Lo que sí los había pillado por sorpresa a la niña y a él había sido el camión que tomó la curva a demasiada velocidad y se echó encima de los peatones que esperaban en la acera. Celia salió disparada contra un árbol, murió casi en el acto y él no había tenido tiempo de despedirse de ella, de darle el último beso y decirle el último te quiero.

La niña se acomodó en el asiento, tiró de la barra de seguridad y se apretujó junto a él. “La echas de menos, ¿verdad?”, pensó, pero no dijo nada. El coche empezó a moverse lentamente hacia la primera cortina negra.

Cuando la cortina se abrió, no apareció el túnel que simulaba una cueva tenebrosa ni les cayeron del techo varios murciélagos. En lugar de oscuridad y ratones voladores, una intensa luz le deslumbró. Cegado, apretó los ojos y, cuando empezó a abrirlos lentamente, vio que, frente a él, Barok, el mago babilónico, le tendía la mano.

“Ven conmigo”, dijo.

No se detuvo a pensar. Se levantó y fue tras el mago, caminando sobre un suelo de aire. A los pocos pasos, Barok se hizo a un lado y él pudo ver a la mujer. “¡Celia!”. Estaba tan hermosa como él la recordaba, tan dulce. Seguía teniendo la misma sonrisa. Se acercó a ella, la abrazó como la había abrazado la primera vez y volvió a sentir que la eternidad cabe en un segundo. “¿No querías darme el último beso?”. La besó como la había besado la primera vez y volvió a sentir que el centro del Universo estaba en sus labios. “¿No querías decirme te quiero?”. “Te quiero”.

Sin dejar de sonreír, Celia se apartó un poco. “Quiero que le des esto a la niña”, dijo mientras se quitaba la alianza, “me gustaría que la llevara”. Le puso el anillo en la palma de la mano derecha y luego la cerró con las suyas. Le miró a los ojos y él volvió a sentir que el tiempo y el espacio estaban en aquella mirada. “No importa el tiempo que tardes en venir”, dijo ella, “te estaré esperando”.



Le dolió el codazo en el costado.

—¡Padre! ¡Te has vuelto a quedar dormido!

El coche salía ya del túnel hacia la claridad de la tarde. Dos payasos apostados en la curva intentaron los últimos escobazos.

—¡Eres un lirón! —rió la niña.

Se puso en pie y alargó el brazo con la mano abierta para ayudarle a salir del coche.
Él pensó que la niña tenía razón, que desde hacía algún tiempo se quedaba dormido en cualquier parte, a cualquier hora. Sería cosa de la edad. O, tal vez, de que no tenía nada mejor que hacer. Dormir y esperar, esperar el el día en que le tocara viajar.

—¿Dónde vamos ahora? —preguntó la niña, y fue a cogerle de la mano, como cuando era pequeña, pero encontró su puño cerrado —¿Qué tienes ahí?

Se detuvo sin pensar y la niña le miró sorprendida. Él la miró también y luego bajó la vista hacia su mano. No estaba seguro de que estuviera apretada porque guardara algo en su interior. Tal vez la había cerrado durante el breve sueño en el tren y aún estaba bajo los efectos de la ensoñación. Sí, seguro que era eso.

Abrió los dedos lentamente. La niña buscó sus ojos, interrogante. Él disimuló como pudo su asombro pero no pudo evitar una sonrisa. 

—Es la alianza de madre —dijo, y pensó que, a partir del largo viaje de Barok, la espera se le haría más corta—, quiere que la uses.

martes, 30 de septiembre de 2014

MONTERROSINA

Los niños... ya se sabe.





Imagen tomada de www.identi.li




JUEGO INFANTIL

—Mamá, ¿puedo traer un amiguito a jugar a casa?
La madre terminaba en aquel momento de asear la estancia.
—Claro, cariño, pero id con cuidado, no me llenéis el piso de barro que acabo de limpiar.
—No te preocupes, mami —la voz infantil sonaba ya lejana, yéndose—, nos limpiaremos antes de entrar.

Los oía jugar y reír en su cuarto y sonrió satisfecha. Habían cumplido su promesa: en el suelo no había huellas de pisadas.
—Mamá, ¿puede quedarse mi amiguito a dormir? —llegó la pregunta a través del muro.
—Claro, cariño, pero no arméis jaleo o tus hermanos se despertarán.

A la mañana siguiente, cuando fue a despertar al más pequeño de sus dinosaurios, el niño todavía estaba allí.

jueves, 25 de septiembre de 2014

ÁNGEL DE LA GUARDA

Como dijo el gallego, existir no sé si existen pero haberlos... haylos. En ciento veinte palabras.



Imagen tomada de wartotheworld.blogspot.com



VUELO NOCTURNO

El pitido de la alarma le sobresaltó. Se había quedado dormido frente al monitor. Miró al panel y comprobó el origen: sector 3-SS14894, LA-N, LO-0. Dio un brinco en el asiento: en aquel punto y a aquella hora solo podía ser ella.
Llamó al Suplente y trazó en el aire un amplio círculo que abarcaba la pantalla múltiple.
—Vigílame al resto, tengo una emergencia.
Se levantó y se dirigió a la primera plataforma de despegue.
“Puñetera, pensó, ya en pleno vuelo, ¿qué voy a hacer contigo?”
Llegó justo a tiempo de darle a una mano el golpe necesario para que las pastillas cayeran en el inodoro.
Ella solo sintió un roce y un soplo de aire cálido en la mejilla.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

CELOS

Un problema muy común cuando llega un nuevo miembro a la familia, en ciento veinte palabras.





Imagen tomada de www.arquitectura.com.ar



CELOS

Desde que llegó el pequeño se han olvidado completamente de mí. Había oído hablar de ello pero nunca pensé que llegaría a conocer esta sensación de abandono y desamparo. No me hacen caso cuando me froto contra sus piernas ni cuando brinco a su alrededor para llamar su atención y por dos veces en la última semana han olvidado llenarme el cuenco del agua. Él no me reclama cuando se sienta en el sofá y para Ella parece que he dejado de existir, solo tiene tiempo para el pequeño.


Reconozco que es guapo y resulta gracioso a su manera pero me humilla profundamente. Siempre pensé que quien me destronaría sería un cachorro humano, nunca imaginé que lo haría un gato.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

PEREZA

A veces, vivir supone un gran esfuerzo.





Imagen tomada de sepame.blogspot.com



VARIACIÓN EN BLUE

Qué pereza tener que abrir los ojos, tener que abandonar el territorio de un sueño en el que estabais juntos, tal vez paseando al atardecer, tal vez encontrándoos después de haberos buscado durante mucho tiempo, como hacían Horacio y La Maga, pero felices en cualquier caso porque al fin podíais tocaros y miraros a los ojos y respirar el mismo aire; qué pereza  levantarse después de haber apagado de un manotazo el impertinente pitido del despertador, hacer el tremendo esfuerzo de poner en pie el montón de huesos y músculos que es tu cuerpo recién despertado y arrastrarlo hasta la cocina para preparar el café que te ayudará a ingresar poco a poco en el mundo de la vigilia, caliente, aromático, pero que sabrá amargo por mucho azúcar que le pongas.

Qué pereza la ducha sin sus manos enjabonándote la espalda, sin la pelea por la pasta de dientes, qué pereza la ropa que te pones sin que pueda decirte lo guapa que te ve y te de un beso ligero en los labios, muy ligero porque ya te has puesto el carmín y no es cosa de estropearte el maquillaje, pero capaz de escalofriarte en su levedad; qué pereza el trayecto en autobús en lugar de un asiento de copiloto donde sus dedos se desviarían de la palanca de cambios para acariciarte levemente las rodillas, la llegada al despacho donde esperan las mismas caras y los mismos papeles y los mismos problemas de todos los días, el paso inútil de las horas sin el alivio de una llamada que rompería la rutina y aligeraría la mañana de trabajo porque recordaría las locuras de la noche anterior y encendería chispas de deseos inconfesables y haría más corta la espera.

Qué pereza el fin de la jornada, recoger los papeles de la mesa, cerrar el cajón con llave, apagar el ordenador, coger el bolso, saludar en el ascensor a ese compañero de Recursos Humanos al que siempre intentas evitar porque cada vez que te ve te recuerda que tenéis pendiente una copa, salir a la luz de las tres y cuarto de la tarde y comprobar que no está esperándote aparcado en la esquina y volver a los vaivenes del bus, a la voz enlatada que repite paradas y enlaces y trayectos mientras la ciudad pasa a través de los cristales de las ventanas como una agobiante película vista mil veces.

Qué pereza caminar hasta casa, entrar el portal, abrir el buzón con la certeza de que todo serán facturas y propaganda porque una carta de las de siempre, con su sello y su dirección escrita a mano en tinta azul y su remite, sería un milagro y dejaste de creer en los milagros hace mucho tiempo; qué pereza abrir la puerta, respirar hondo antes de entrar y llenarte los pulmones de un aire que huele a vacío, a ausencia; dejar el bolso tirado en una silla, ir a la cocina y abrir una botella de vino y servirte una copa y bebértela despacio, apoyada en la encimera con la vista fija en los imanes de la puerta del frigorífico, esos que amigos y parientes te han traído de sus viajes, intentando no pensar en esos lugares que nunca visitareis juntos, esforzándote en tragar el último sorbo mientras levantas la cabeza para que las lágrimas no lleguen a rodar mejillas abajo mientras piensas que hay que hacer la comida y la compra y llevar el edredón a la tintorería y limpiar el baño y comprar las pastillas para el insomnio y que, por mucha pereza que dé, hay que seguir viviendo.