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jueves, 10 de enero de 2013

EL NIÑO QUE SUSURRABA A LOS CABALLOS

Aquella semana, en el Tintero hablábamos de locos. De locos en primera persona. Pensé entonces en que la línea que separa la locura de la cordura es tan sutil a veces que es muy difícil distinguir a los locos de los cuerdos.






EL NIÑO QUE SUSURRABA A LOS CABALLOS


Me gusta cuando viene el verano y acaba le escuela. No es que la escuela no me guste. Don Ignacio, el maestro, es amigo mío y yo sé que me quiere mucho, pero él tiene que ocuparse de los otros niños así que a mí me deja al final de la clase y me da dibujos para que los pinte o papeles para que recorte estrellas. Yo también le quiero a él porque además de darme dibujos riñe a los que se meten conmigo, que me llaman loco y pasmado, y les castiga a hacer cuentas muy largas y a copiar algo cien veces, pero prefiero el verano porque en verano no tengo que levantarme pronto, no hace frío y puedo jugar todo el tiempo con Yon.
También me gusta cuando viene madre a despertarme y abre la ventana de par en par y entra mucha luz en la habitación. A veces me levanto y padre todavía no se ha ido al campo y está desayunando en la cocina. Cuando llego yo, levanta los ojos y me mira muy serio, no sé si está enfadado conmigo y no me atrevo a acercarme. A veces me siento frente a él y le miro fijamente y entonces le entra como prisa por irse. Coge el hato donde madre le ha puesto el almuerzo y va a la cuna a darle un beso a Marita, que siempre está dormida, y luego me mira a mí pero nunca me besa.
Cuando madre sube a hacer las camas, yo aprovecho y me voy a buscar a Yon. Vive aquí al lado y su casa siempre tiene la puerta abierta, me gusta mucho eso, que no haya que esperar a que abran. Yo entro y Yon siempre se alegra al verme, mueve la cabeza muy contento y me toca el pelo. “Qué bien que has venido”.
Entonces nos vamos a dar un paseo, por el camino del cementerio o por la loma de las bodegas, o bajamos hacia el río, que a Yon le gusta mucho. Levanta la cabeza y respira muy hondo, como si quisiera acabar con todo el aire. “¿Has notado lo bien que huele aquí?” Algunas veces nos hemos tumbado a la sombra de los árboles y hemos estado mucho rato, sin hacer nada, solo mirando los pedazos de cielo entre las hojas o respirando los olores del río. Otras jugamos a escondernos. “Vamos, ve hacia la presa y busca un escondrijo, yo iré a ver si te encuentro”. Y yo busco un hueco entre los arbustos o me agacho detrás del muro de la fábrica de la luz pero Yon siempre me encuentra. “Ve tú ahora”. Y Yon se va corriendo y le pierdo enseguida de vista pero cuando me pongo a buscarlo no tardo nada en verlo porque él es más grande que yo. Y a veces miramos bichos o flores. Me gustan los caracoles y las lagartijas y a Yon le encantan unas plantas que tienen unas flores azules muy bonitas. “¿Nunca las has probado? Están muy buenas”
Otra cosa que nos gusta mucho es ir al mirador cuando empieza a anochecer. Allí el pueblo se hace abierto y se ve hasta muy lejos y nos sentamos a ver las bandadas de pájaros negros que revolotean sobre nosotros como si se hubieran vuelto locos y a mirar el horizonte hasta que el sol se va del todo y se hace de noche. “Es hora de descansar, ¿te das cuenta? El sol nos lo dice”.
Y entonces volvemos a casa sin entretenernos, sin pararnos a ver las luciérnagas ni el reflejo de la luna en el agua del lavadero,  porque yo no quiero que madre se vuelva a enfadar como aquel día que, después de ver el sol marcharse, el cielo se llenó de estrellas y Yon y yo nos tumbamos en el suelo y empezamos a ponerles nombre y se nos hizo muy tarde y madre estaba a la puerta de casa mirando a un lado y a otro y cuando nos vio a lo lejos vino corriendo y cayó de rodillas delante de mí, llorando, y yo quería decirle que no llorara, que no pasaba nada, que nunca pasaba nada cuando estaba con Yon porque él cuida de mí, pero no sabía cómo hacerlo porque ella no dejaba de llorar. Y cuando entramos en casa ya estaba padre allí, callado y muy serio, y pensé que iba a reñirme pero en vez de reñirme me miró fijamente y oí que madre decía:
—No sé si este hijo está loco pero entre ese caballo y él me van a volver loca a mí…

miércoles, 9 de enero de 2013

LA CUESTA DE ENERO


Otro relato acorde con la fecha. Si no me equivoco, es de los que le gustan a Sap.







MEDICINA Y CARIDAD

Don Cosme Gredilla Cifuentes (“Cosme, el del segundo” para los vecinos más antiguos, “Don Cosme, el del andador”, para los vecinos del barrio) se bajó con evidente dificultad del taxi que le había dejado en la puerta de Urgencias del Hospital. Caminó lentamente hacia la entrada y, cuando divisó a los celadores, dobló ligeramente la espalda, se llevó una mano a la cintura y, con gesto dolorido, les hizo señas para que le acercaran una silla de ruedas.
Un joven delgado de facciones agradables se apresuró a coger la que tenía más cerca, la condujo hasta él, le ayudó a sentarse y le acercó a la ventanilla.
—¿Qué es lo que le pasa? —preguntó la señorita de recepción después de haber tomado nota de sus datos personales.
Don Cosme reprimió un quejido al contestar.
—Un dolor, hija mía… qué dolor… no me ha dejado dormir y me está matando. Mire, me empieza por aquí…
—Bien, no hace falta que me lo cuente. Pedro, llévale a la sala de espera. Le avisaremos por megafonía, Cosme.
La sala de espera del Servicio de Urgencias del Hospital era, como todas las salas de espera del mundo, impersonal y desangelada, pero don Cosme ensayó una sonrisa cuando el celador aparcó la silla de ruedas en un rincón desde el que se veía la tele. Era la hora de su concurso preferido y Don Cosme prestó atención al presentador pero, al ver que habían eliminado a su concursante favorita (una chica joven y listísima que se sabía todas las respuestas), apartó la vista de la pantalla y se dedicó a mirar alrededor.
Justo debajo de la repisa en la que descansaba el televisor estaba sentada una mujer de unos treinta y tantos años, morena y pálida, que le recordó a su hija Marialuisa. Marialuisa se había ido de casa muy joven, detrás de un novio que tenía entonces y que la había dejado tirada, sin dinero y sin casa pero con una adicción a la heroína que amenazaba con matarla. En vez de volver con sus padres, Marialuisa prefirió ingresar en un centro de desintoxicación y no habían vuelto a verla. Ni siquiera había acudido al entierro de su madre y, aunque escribía de vez en cuando diciendo que estaba bien y que ya no se metía nada, Don Cosme sentí una punzada de dolor en medio del pecho cada vez que pensaba en ella.
Todo lo contrario que Jorgito. Qué cosas, dos hermanos, dos hijos del mismo padre y de la misma madre y tan distintos. Jorgito había sido un niño muy estudioso, muy trabajador, había sacado su carrera de ingeniero a razón de un curso por año y al terminar le estaban esperando, a la puerta de la Facultad, como quien dice, con un contrato de trabajo que tenía la cifra del sueldo en blanco. Lástima que la empresa fuera extranjera. Jorgito había acabado en los Estados Unidos, en Ojayo (aunque se escribía “Ohio”, ya se sabe lo raros que son los ingleses pronunciando) y solo veía a su padre una vez al año, dos si había suerte y su mujer (una americana pelirroja llena de pecas que hablaba como si mordiera) le dejaba ir en verano.
La megafonía anunció su nombre y le rogó que pasara a la sala número cinco. A los pocos segundos, el celador joven de facciones agradables apareció en la puerta, se acercó a él y empujó la silla hacia la salida.
Don Cosme recompuso el gesto: se llevó de nuevo una mano a la cintura mientras apoyaba en la otra la cabeza y arrugaba la cara en muestra de un dolor casi insoportable.
Diría que notaba un dolor terrible en la espalda, a la altura de los riñones, tan intenso que le encogía la pierna derecha y no le dejaba dormir. Como era viernes y la tarde estaba avanzada, entre los trámites, los análisis de rutina y las radiografías, se echaría la noche encima. Le ingresarían en la planta de trauma y, con el fin de semana de por medio, hasta el lunes no empezarían a hacerle pruebas. Él seguiría quejándose de tremendos dolores y los doctores le pedirían análisis y radiografías y resonancias y de todo para dar con la causa de su mal. Así iría pasando el tiempo, una o dos semanas, mejor si eran tres, y, mientras los médicos buscaban el origen de su dolencia, él estaría en el hospital, acompañado, calentito y comiendo cinco veces al día; no tendría que gastar en comida ni en luz ni en calefacción, y podría estirar su pensión un poco, no mucho, solo lo suficiente para subir la cuesta de enero.


martes, 8 de enero de 2013

LA CASA DEL SOLITARIO

Este relato es una mezcla de relato-cómplice y relato-homenaje. Cómplice porque hay que conocer el tema de antemano (aunque no demasiado cómplice porque... ¿quién no conoce este tema?) y homenaje porque lo es, al gran Borges, que me dio uno de los mejores ratos de lectura de mi vida y las claves para un relato perfecto con su cuento "La casa de Asterión" del cual lo que sigue es un pobre remedo.


ARTIST'S IMPRESSION OF THE PALACE OF KNOSSOS



LA CASA DEL SOLITARIO




El palacio está situado sobre una colina y sus muros son tan altos que por encima de ellos sólo alcanzo a ver el cielo. Solamente más allá del Propileos de Mediodía, por encima de la hilera de los cuernos de consagración, se asoman las copas atrevidas de algunos pinos y, hacia el Este, las lomas grises de unas viejas colinas.
El palacio es muy grande, tan grande que recorrerlo en toda su extensión demoraría varios días con sus noches. Pero yo llevo aquí tanto tiempo que conozco de memoria todos sus corredores, todos sus patios, todas sus alturas. En realidad, no tengo otra cosa que hacer.
Dicen que el mar está cerca. Puede que sea verdad porque, a veces, en el aire del norte llegan flotando olores de salitre y de algas. Incluso algunas noches especialmente calladas me ha parecido escuchar un eco lejano de olas furiosas. Pero no he llegado nunca a verlo.
Echo de menos a Androgeo. Durante mucho tiempo fue mi única compañía. El Rey y la Reina tienen muchas obligaciones y no les queda tiempo de ocuparse de mí y los sirvientes y los funcionarios me esquivan aterrorizados como si temieran que fuera a devorarlos. Al contrario que los demás, Androgeo no me tenía miedo y venía a verme. Jugábamos a perdernos y a buscarnos por las múltiples estancias del palacio o a perseguirnos por el patio y, cuando nos vencía la fatiga, buscábamos un lugar fresco en el piso más bajo y nos quedábamos allí un buen rato, hasta que se evaporaba el sudor de nuestra piel y se tranquilizaba nuestra respiración. A veces, esperábamos a la noche y, tendidos sobre las losas los Pórtico, tibias todavía, pasábamos mucho tiempo mirando las estrellas de ese cielo que es lo único de fuera de estos muros que me es dado contemplar. A veces Androgeo me contaba cosas del mar. Por él supe lo ancho que es, lo claras que son sus aguas y lo temible que puede ser cuando Poseidón se enfurece. Fue Androgeo quien me explicó que, en ocasiones, los delfines, esos peces que están pintados en las paredes del Mégaron de la Reina, acompañan a las naves que surcan el mar saltando junto a sus flancos durante jornadas enteras, fue él quien me dijo que, desde la orilla, se puede ver cómo en la lejanía el manto del mar y el del cielo se unen en una línea que funde el azul y el verde.
Pero Androgeo partió un día hacia Atenas y no regresó. En su lugar, catorce jóvenes vienen cada año a visitarme. Yo los aguardo con la esperanza de encontrar en alguno de ellos a un compañero que pudiera parecerse a él pero, en cuanto llegan, se dispersan por todos los rincones del palacio y se esconden de mí. Yo los encuentro enseguida y no tengo piedad: si se han escondido es porque me temen y si me temen no merecen ocupar el lugar de Androgeo. Él no me tenía miedo, ya lo he dicho.

Los jóvenes de este año han llegado esta mañana. Lo sé porque al amanecer se ha escuchado el rugido de las trompas a la entrada del palacio. A estas horas ya se habrán ocultado en cualquiera de los rincones de esta casa enorme. Ninguno de ellos se ha atrevido nunca a salir a mi encuentro, a buscarme, a mirarme de frente. Tendré que ir a por ellos.
Un momento… ¿qué es eso que se escucha por el corredor? ¿No es el rumor de unos pasos sigilosos? Sí… eso parece… el ruido apagado de un cuerpo que avanza con cautela… No puedo creer en mi suerte… ¿Habré despertado la piedad de los dioses y han querido otorgarme el favor de un compañero que ocupe el vacío que dejó Androgeo? ¿Habrá llegado a su fin mi soledad?
Ya se acerca… Me alejaré de la entrada, no quiero asustarle… Ah, ya distingo su silueta al contraluz… Es un joven fuerte y hermoso… y valiente, puesto que ha llegado hasta aquí. Tiene una espada y parece dispuesto a usarla, tendré que convencerle de que no lo haga… Pero… ¿qué es eso que aprieta en su mano izquierda? ¿Un ovillo de hilo?

 

lunes, 7 de enero de 2013

GUENDALINA



Los Reyes me dejaron una Guendalina cuando tenía... siete u ocho años. Era una muñeca preciosa. Mi madre siempre ha dicho que las caras de muñecas más bonitas eran las de Famosa. Guendalina, Nancy, Nenuco...

Disfruté mucho jugando con ella. Nada que ver con el relato.





Güendalina

GUENDALINA

Quiero que quede claro que yo nunca quise comprarla. Me parecía una tontería, algo impropio de una persona adulta, de alguien que, se supone, ya tiene la madurez suficiente para dejarse de caprichos infantiles. Pero era imposible resistirse a los ruegos de Teresa, a su ilusión de niña pequeña; era fácil convencerme apelando al dichoso niño que todos llevamos dentro. “¿Acaso a ti no te gusta montar grúas con el Mecano?”, replicaba, y eso me dejaba sin argumentos. De modo que la quinta vez que pasamos delante del escaparate y se quedó mirándola embobada y luego me miró a mí con los ojos llenos de ilusión y de esperanza me di por vencido.
Yo no sé qué le veía, a mí me parecía una muñeca completamente vulgar, vestida con un cursi vestido de flores y sin más complementos que los zapatos y un alfiler en el pelo. No me gustaba la expresión de su cara, había algo que me desagradaba en su mirada vidriosa, en sus ojos ligeramente rasgados, en su boca apretada. Pero a ella la volvía loca, le recordaba a la Guendalina que los Reyes nunca habían llegado a traerle.
La puso encima de la cómoda, sentada muy digna, mirando hacia nuestra cama, y cada noche, antes de acostarse, le daba un beso y le deseaba buenas noches. Poco a poco, fue añadiendo detalles a la despedida, le acariciaba la cara o le atusaba el pelo y le decía “qué linda es mi muñequita”, “ahora hay que dormir, cariño” y cosas así. Una noche, cuando estábamos en pleno fragor amoroso, se levantó de pronto, fue hacia la cómoda y sentó a la muñeca de espaldas a nosotros. “Me da no sé qué que nos vea”, dijo cuando regresó a la cama. Yo pensé que lo mismo podía vernos porque estaba sentada de cara al espejo pero no lo dije porque me pareció una tontería casi tan grande como darle la vuelta para que no nos viera.
Días más tarde, cuando volví a casa por la noche, las encontré a las dos sentadas en el sofá, frente al televisor. “Mira”, dijo Teresa levantando los brazos para que viera las agujas de punto y un trozo de tejido, “le estoy haciendo un jersey a Guenda”. Luego añadió que había pensado hacerle unos pantalones y un abrigo y comprarle calcetines, porque el verano se acababa y cuando empezara el mal tiempo Guenda no iba a tener nada que ponerse.
Creo que fue por entonces, cuando llegó el otoño, cuando Teresa empezó a llevarse a Guenda a la cama a la hora de la siesta, y, si no recuerdo mal, también fue por aquella época cuando nuestra vida sexual disminuyó hasta llegar a desaparecer casi por completo, aunque yo no me diera cuenta hasta mediada la Navidad. El día de Nochevieja me acerqué a Teresa con ánimo festivo pero ella me rechazó diciendo que había bebido demasiado champán y entonces yo pensé que hacía más de un mes que no la tocaba.
Hoy he vuelto a casa a media mañana porque me encontraba mal, tenía escalofríos, dolor de garganta y el estómago revuelto. María Dolores, la secretaria, me puso la mano en la frente y me dijo que me fuera, que estaba ardiendo de fiebre. Cuando llegué, Teresa y Guenda estaban en la cocina. Teresa troceaba un pollo y parecía extrañamente feliz al hacerlo, y Guenda, sentada en la encimera, sonreía con su boca de labios finos y sostenía en la mano derecha el cuchillo pequeño y afilado que solemos usar para pelar patatas. Teresa me dijo que me acostara y que enseguida irían a llevarme un caldo y un antitérmico.
Me he acostado. Miro al techo y parece que la lámpara gira alrededor de mi cabeza. Espero que no tarden con el antitérmico, creo que me ha subido más aún la temperatura. Ahora que lo pienso… no es posible que Guenda tuviera un cuchillo en la mano, es absurdo, es solo una muñeca. Y tampoco es posible que sonriera. Yo juraría que es así, que sonreía y tenía en la mano el cuchillo de pelar patatas, pero seguro que no he visto bien, que son figuraciones mías; seguro que ha sido un delirio provocado por la fiebre.

domingo, 6 de enero de 2013

LOS REYES MAGOS TENÍAN UN LAND-ROVER


Bueno... si hay un día para este cuento, ese día es hoy. Es de hace tanto tiempo que casi todo el mundo lo conoce pero es que si no lo pongo hoy no lo pongo nunca.

BRUSELAS - 22 de junio Tres Reyes Magos de cristal en la catedral gótica de San Miguel s el 22 de junio de 2012 en Bruselas Foto de archivo - 14820286


CUENTO DE NAVIDAD


Los Reyes Magos tenían un Land- Rover. Era de color verde, muy grande,  espacioso y bastante rápido. Cuando lo compraron, Baltasar estaba empeñado en un Mégane porque, decía, era un coche muy bonito, con aire acondicionado, doble air-bag y frenos ABS, pero Melchor y Gaspar le convencieron de que el Mégane era muy bonito, sí, pero no les servía para nada. Ellos eran astrónomos y, con cierta frecuencia, salían al desierto a hacer observaciones durante varias noches seguidas. Les convenía un vehículo en el que pudieran transportar todo lo que necesitaban cuando iban al desierto y estaba claro que el Mégane era muy bonito pero a ver dónde metían en el Mégane la tienda de campaña, los sacos de dormir, las esterillas, el camping-gas, los telescopios...
El coche funcionaba muy bien y casi no les dio problemas durante mucho tiempo, algún que otro pinchazo con los cactus del desierto y los cambios de aceite reglamentarios. Pero a los cinco años lo tuvieron  que llevar a pasar la ITV. Allí les dijeron que el coche estaba muy bien de frenos, de motor... pero que tenía un poco escachirulado el manillón del encendimiento. Había que llevarlo al taller para que lo repararan.
Algunos días más tarde, los Reyes estaban en el observatorio de su palacio estudiando las estrellas con sus telescopios de alta tecnología cuando vieron de pronto un cuerpo celeste muy brillante que no habían visto antes. Comprendieron que se trataba de la Estrella que anunciaba el nacimiento del Niño y, muy emocionados por la llegada del momento que llevaban tanto tiempo esperando, decidieron ponerse en marcha inmediatamente para ir a conocerlo. En un periquete hicieron las maletas y prepararon regalos para el Niño. Se fueron pronto a la cama y a la mañana siguiente se levantaron muy temprano y se encaminaron al taller de reparaciones a recoger su coche. Pero el mecánico paró en seco sus prisas por ponerse en marcha. Les explicó que el coche necesitaba un manillón nuevo, que  tenían que traerlo de Inglaterra, que había pedido la pieza la semana anterior pero que tardaría bastante tiempo en llegar. Los coches de importación es lo que tienen.
Los Reyes Magos se quedaron de piedra. ¿Qué iban a hacer ahora, sin coche? No podían aplazar el viaje bajo ningún concepto, tenían que salir inmediatamente, antes de que la Estrella desapareciese por Occidente.
Entonces Melchor tuvo una idea: llamar por teléfono a su viejo amigo Papá Noël y pedirle prestado su trineo de renos. Así lo hicieron. Pero Papá Noel les dijo que le resultaba imposible dejarles el trineo en esas fechas. En cualquier otro momento  no hubiera habido ningún problema pero en Diciembre... era justo la  época del año en que tenía más trabajo. Sin embargo, él conocía a un hombre llamado Mustafá que tenía un negocio de alquiler de coches en Arabia Saudí. Tal vez Mustafá podría ayudarlos. A los Reyes les pareció buena idea y le enviaron un fax a Mustafá diciéndole que necesitaban un todoterreno potente y seguro para hacer un largo viaje. ¿En cuánto tiempo  podrían contar con él?
A los pocOS minutos Mustafá les contestó con otro fax: sentía mucho no poder proporcionales lo que necesitaban pero todos sus coches habían sido alquilados por los asistentes a la reunión de la OPEP  que se estaba celebrando en aquellas fechas. Tardaría por lo menos una semana en disponer de algún vehículo. De todas formas, les mandaba la dirección electrónica de un amigo suyo, llamado Alí, que tenía un negocio de cría de camellos en Ur y que, tal vez, podría alquilarles algunos animales.
Los Reyes estaba desesperados: sin coche, tardarían mucho tiempo en llegar pero, por otro lado, tenían que hacer algo enseguida, emprender el viaje como fuera, porque la Estrella ya había empezado a moverse hacia el Oeste y estaba claro que no iba a esperar a que trajeran el manillón de Inglaterra o a que terminara la reunión anual de la OPEP.
Le enviaron un e-mail a Alí. Alí les contestó enseguida: no había ningún problema, tenía lo que necesitaban: tres jóvenes y fuertes camellos que resistirían el más pesado y largo de los viajes. Enviándolos por SEUR- MASCOT estarían en su palacio en dos días. Seguro a todo riesgo por cuenta de la empresa, pienso y agua por cuenta del cliente. El pago... ¿por cheque bancario o por tarjeta de crédito?

Y éste es el motivo por el que los Reyes Magos tardaron tanto tiempo en llegar a Belén. Si hubieran tenido su Land-Rover habrían llegado enseguida, el mismo día 24 de madrugada o el día 25 por la mañana, como muy tarde. Pero como fueron en camello tardaron algunos días más. Pero, para nosotros, casi mejor porque así tenemos  la fiesta del 6 de Enero.

viernes, 4 de enero de 2013

GÉNESIS 19, 26

Que me gusta a mí el tema bíblico... (por si no se había notado). Y la irreverencia (por si tampoco se había notado). Pero siempre cum animo iocandi, o sea, sine animo molestandi.


GÉNESIS, 19, 26


“Es cotilla y cabezota”, me dijo mi suegro cuando fui a su casa a pedir a Edith en casamiento, “luego no digas que no te avisé”. Pero yo estaba tan fascinado por la belleza de su hija, por el brillo de sus ojos, por su pelo dorado, que no hice caso.
Cuántas veces habría de recordar aquellas palabras a lo largo de los años que duró nuestra unión. Cuántas veces intenté, sin conseguirlo, que cambiara su actitud.
Pero ya dijo el profeta que quien nace buche, muere asno. Y ella murió por cotilla y cabezota. No le importó el aviso de los ángeles de Yahvé. Tampoco la disuadió el temor al castigo.

La muy idiota tuvo que volver la cabeza.

martes, 1 de enero de 2013

FIN DE AÑO

Feliz Año Nuevo a todos, aunque sea con casi veinticuatro horas de retraso, pero nunca es tarde para los buenos deseos.

El único relato que tengo que trata sobre este tema es éste que pongo a continuación. Habría quedado redondo si Nueva York estuviera en el meridiano de Greenwich y Madrid en el huso horario de Nueva York.

Pero, como dijo el maestro Wilder, nadie es perfecto.

Lean, lean...


La Nochevieja en el mundo



Cuando despertó, agitado y sudoroso, notó los golpetazos de su corazón contra las costillas y la humedad de la almohada. “Ha sido un sueño”, pensó, “ha sido un sueño”. Y esperó que aquella certeza frenara el ritmo caótico de sus latidos.
Había sido un sueño y había soñado con Ella. Él estaba sentado en un bar, tomando algo que podía ser champán y mirando hacia un horizonte lleno de luces, cuando Ella llegó de improviso y se sentó a su lado. Más que la túnica negra o la guadaña le impresionó la voz, que surgía del interior de la capucha y que sonaba como si llegara del mismo centro de la Tierra.
—Vendré a buscarte en Nochevieja —dijo.
Y desapareció antes de que él hubiera podido recobrar el habla.  Miró a su alrededor buscando en los demás una expresión de asombro o de miedo pero, al parecer, sólo él la había visto.
Por suerte, minutos más tarde el remolino de agua en el lavabo se llevaba los restos de la espuma de afeitar y el recuerdo de la pesadilla. Le esperaba un día duro. Les esperaban muchos meses muy duros.

Contra toda lógica económica, el pez chico se había comido al pez gordo y él, que formaba parte de la plantilla del pez gordo, tuvo que soportar durante mucho tiempo los métodos caciquiles, la gestión anticuada y las arbitrariedades de los jefes del pez chico sin que en ningún momento dejara de planear sobre él la sombra amenazante del despido. De modo que cuando su hermano le propuso pasar las Navidades en Nueva York aceptó sin pensarlo dos veces.
—Pero —objetó—… ¿qué hacemos con mamá? Si la dejamos sola en Nochebuena le puede dar un ataque.
—No, no la dejaremos sola. Nos vamos el día veintisiete y volvemos el dos de enero. ¿Te imaginas lo que tiene que ser comerse las uvas en Times Square?
—En Estados Unidos no comen uvas…
—Pero nosotros somos españoles y las comeremos.
Las uvas pasaron la aduana convenientemente empaquetadas en bolsas herméticas disimuladas entre la ropa y esperaron en el frigorífico de la habitación del hotel hasta el último día del año. Fueron en verdad unas uvas especiales. Su hermano había llevado varios paquetes más y se los ofreció a la gente que estaba a su alrededor, arremolinada bajo los luminosos y las luces navideñas, esperando el fin de año.
—¡Costumbre española! —proclamaba—, ¡una campanada, una uva!
—Aquí no hay campanadas, creo, hay cuenta atrás —insinuó.
—¡Pero hay bola, como en la Puerta del Sol!
Y se comieron las uvas en compañía de una pareja de jamaicanos, tres japoneses y un matrimonio de Arkansas que había viajado a Nueva York para ver la bola descender por el mástil del One Times Square.
Cuando la muchedumbre se dispersó, se dirigieron hacia el restaurante que, según la guía, ofrecía baile, buffet y bebidas hasta el amanecer. Aprovecharon un alto entre pastel de pavo y el champán para llamar a su madre, decirle que Nueva York era increíble y que lo estaban pasando de fábula. De paso, tomaron la decisión de invitar a su mesa a dos chicas que llevaban varios minutos mirándoles desde la barra.
A las cuatro de la mañana habían comido, bailado y bebido con ellas lo suficiente para que se mostraran dispuestas a desayunar con ellos en el hotel.
—Tenemos que ir al baño —dijo la pelirroja, y se levantaron a la vez.
—Creo que yo también —dijo su hermano, y se fue tras ellas.
Él sonrió por la coincidencia, se acomodó en la silla y se dispuso a tomar el último sorbo de champán disfrutando la vista de las luces de la ciudad a sus pies, extendidas hasta el horizonte.
—Hola —dijo la mujer.
Se había sentado junto a él sin que la hubiera sentido llegar. Llevaba un traje rojo con mucho escote, el pelo recogido, guantes por encima del codo. La miró pero no pudo decir nada.
—¿No me recuerdas?
Negó con la cabeza.
—Dije que vendría a buscarte en Nochevieja…
El contenido de su estómago se convirtió en hormigón. Miró a la mujer, tan hermosa, y se dijo que no era posible, que aquello había sido un sueño.
—Pe… pero —consiguió decir—… ya no es Nochevieja… son las cuatro de la mañana…
La mujer sonrió como sonreiría una madre ante la ingenuidad de su hijo.
—Cariño… en España, de donde acabo de llegar, se están tomando las uvas en este momento…